Loading...

Testimonios

Testimonio de mi conversión

Testimonio de mi conversión


Crecí en una familia de profundas raíces cristianas, y después de haber estudiado desde niña en un colegio religioso, con 17 años, dejé de ir a misa. No le encontraba ningún atractivo, me aburría soberanamente y siempre se me presentaba algo mejor que hacer. Al comenzar la facultad, el alejamiento fue aún mayor y sólo pisaba una iglesia para ir a las bodas de los amigos. Por aquel entonces, mi novio, ni siquiera entraba y me esperaba en el bar más cercano disfrutando de una cerveza.

Mi único contacto con Dios, era un Padrenuestro por las noches y otro por la mañana. Lo rezaba de manera mecánica, yo creo que por tranquilizar mi conciencia. Sentía un terrible vacío cuando pensaba en la muerte y la vida que llevaba era tal, que llegué a pensar que deseaba realmente que Dios no existiera, porque seguro estaba condenada.

Durante el curso de COU y los 5 años de carrera, viví sola en la casa de mis padres, que, por destino laboral paterno, fueron a vivir a muy lejos de Madrid. Con 19 años comencé a salir con un chico, que estuvo a punto de arruinar mi vida. Viví con él, 2 años de intensa y tortuosa relación que gracias a Dios acabó cuando mi marido, se cruzó en mi vida.

Egoístamente, y sin mucho convencimiento, yo pedía a ese alguien, que en el fondo esperaba que existiera, unas cuantas cosas… ¡que casualmente me eran concedidas! Siempre pensaba que sería casualidad, pero ya entre mis amistades se comentaba que yo era una persona con mucha suerte y que había nacido “con estrella”.

Al terminar los estudios me eché unos rezos para conseguir trabajo… ¡y me salieron 3 en la misma semana! A su vez, cuando quise cambiar de empresa, recé solicitándolo y me apareció otro mucho mejor, a través de una conversación telefónica, con una persona que ni siquiera conocía. En otros aspectos de mi vida, también me sucedía lo mismo. Pensaba: ¡Causalidad!

Un día, ya con 39 años, pasé por delante de una iglesia y algo me impulsó a pasar. Entré y me senté en el último banco. Miré hacia el altar. No sentía nada. Nada. Nada en absoluto. Lo mismo que si estuviera sentada en un banco del parque. No había nadie. Me puse a pensar. Se pensaba muy bien con tanto silencio. ¡Hacía años que no estaba tanto tiempo inmersa en mis propios pensamientos, rodeada de un silencio tan reconfortante! ¡Qué pena!, pensé, con la fe que yo tenía de jovencita. ¡Pues pídela!, oí en mi interior. ¿Pedir fe?, yo creo que o se tiene o no se tiene. ¡Esas cosas no se piden! ¡Pídela!, insistía la voz interior. Bueno, por intentarlo…. me acerqué al primer banco, me arrodillé justo delante del Sagrario y pedí: Dios mío, quiero recuperar la fe que tenía de niña y quiero entrar en una iglesia y sentir ese respeto y ese recogimiento que sentía hace ya demasiados años… y que ahora no siento.

Y una vez más, mi deseo se cumplió. Hice un master en la E.T.S de Ingenieros de Caminos, y al entrar en el hall cada mañana, un cartel a la puerta de la capilla, me invitaba a confirmarme: ¿Aún no te has confirmado? Pasa e infórmate.  Al otro lado estaba la cafetería con su cartel invitándome a desayunar: ¡Café con bollo: 1 euro! Pasaba, leía ambos carteles y.… desayunaba. Hasta que un día me dije: ¿Por qué no entrar a informarme? No estoy confirmada y mi hijo va a hacer la Primera Comunión dentro de unos meses. ¡Que absurdo que mi hijo haga la Primera Comunión y que sea también la última, si nosotros, sus padres, no vamos a llevarle a misa! Estamos casados por la iglesia, los niños bautizados, ahora le apuntamos a la catequesis, ¿a qué estamos jugando? Por favor, un poco de coherencia…. y entré.

Me informé, me formé, me confesé y me confirmé unos días antes de la comunión de nuestro hijo. En la ceremonia me emocioné de tal manera que no paraba de llorar y el obispo no sabía si darme primero el Santo Oleo o un Kleenex. No sé explicar muy bien lo que sentí. En el momento de la unción, noté como si alguien me hubiera puesto por la cabeza, un jersey invisible y ligeramente ajustado sobre el cuerpo.

A partir de ese momento, iba a misa con mi hijo y cada vez que comulgaba, dos regueros de lágrimas caían por mis mejillas, pero sin llanto de ningún tipo. No entendía por qué me ocurría. Dos meses después, fui con mi padre a misa. Nunca habíamos ido juntos y solos. Mi padre explotaba de gozo. Por fin su única hija se había confirmado y volvía a ir a misa. Saludamos al Cristo yacente… y de repente… las lágrimas comenzaron a manar como cuando comulgaba. Pensé: ¿por qué lloro? Todo me va bien…

El mes siguiente, casi repentinamente, mi padre murió. Hasta la fecha, sin lugar a dudas, lo más doloroso que he sentido nunca. Aquella terrible experiencia marcó mi vida y contra todo pronóstico incrementó más mi fe. Durante años, mi padre, me estuvo diciendo que pedía por la buena muerte y porque 15 días antes de morir fuera avisado de alguna manera para estar preparado. Yo me reía mucho de él y le ridiculizaba al respecto: ¿Qué esperas? ¿Un telegrama celestial? ¿Qué se te aparezca la Virgen? ¡Ja, ja! ¡Por favor, papá!  ¡Que me da la risa floja! Pues alguna manera habrá… ya lo verás, me decía.

Luego, a solas, pensaba: ¡Pobrecillo!, vaya corte se pegará cuando se muera sin previo aviso. ¡Qué lástima! Y dice que lleva años rezando por ello… sin duda está fatal de la cabeza.

Aquel verano, mis padres se vinieron a mi casa unos días para cuidar de mis hijos en lo que yo impartía un curso de mañana. Una tarde, después de comer, me dormí la siesta. Tuve la peor pesadilla de mi vida. Mi padre moría y yo gritaba y gritaba sin poder despertarme y abandonar el sueño. Cuando por fin conseguí despertar, estaba bañada en sudor y con una taquicardia inusual en mí. Fui derecha al cuarto de mis padres y les dije lo que había soñado. Mi madre me dijo: ¿cómo le dices eso a tu padre, con lo bien que está ahora? Mi padre me dijo: ¿No será el mensaje que estoy esperando? Tal fue la sensación experimentada que no pude desmentírselo. Simplemente abandoné la habitación, todavía bajo el impacto de lo vivido. También se lo comenté a mi marido y me llamó “cenizo”.

A los pocos días (¿15?), mi padre, después de misa, habiendo confesado y comulgado, sufrió una rotura de aorta, que le llevó a la UCI de donde desgraciadamente no salió. Tuvo una buena muerte, sin sufrimiento, como él pidió durante tantos años y con “el aviso”, a través de la persona que más se reía de ello, que era yo misma.

Estuve un año, intentando superar un duelo, imposible de superar. Por primera vez tuve que tomar ansiolíticos y era incapaz de ponerme delante de un grupo de alumnos sin echarme a llorar y salir corriendo. Tal era mi desesperación (pues necesitábamos el dinero para vivir, y estaba consumiéndome en mi propia pena), que un día metida en el cuarto de baño de mi casa,, grité con todas mis fuerzas: ¡Quiero superar esta pena tan horrible!, ¡Por favor, Dios mío!, ¡Tú que todo me lo has concedido!. ¡Te suplico que me ayudes una vez más! ¡No puedo soportarlo más! Al instante, no sé si fue de lo mucho que grité, me quedé totalmente sorda y solo escuchaba un agudo pitido por cada oído. Estuve así varios minutos, y llegué a asustarme de veras.

Y una vez más, Dios me lo concedió. Por una casualidad laboral, entré en una iglesia, no muy lejos de mi casa y escuché a un sacerdote durante su homilía. ¡Cómo hablaba!, no quería que terminara de hablar, y después… ¡cómo celebraba la Eucaristía!, con que respeto y devoción. Nunca había visto nada parecido. ¡Era perfecto! Yo que pensaba que los curas perfectos no existían…Sus palabras, de profunda esperanza, empezaron a cerrar mi herida y a encontrar paz, mucha paz. He recibido sin duda el empujón que necesitaba para convertirme.

Hace ya casi un año, que voy a misa a diario. Confieso cada mes y comulgo cada día. Ahora, entrar en una iglesia me produce un cúmulo de sensaciones maravillosas. Participar de la Santa Misa, una fiesta. Me encomiendo mucho a mi padre, que tanto hizo por encauzar mi alma en esta vida y no fue hasta con su propia muerte, cuando lo consiguió. Llevo ya 2 años dando muchas gracias a Dios. Muchísimas gracias, por tantas cosas… Y pidiendo… sin parar, para otros y para mí, cosas, que como siempre…se me van concediendo… pero también pido…  por la “buena muerte” y porque 15 días antes de morir, me sea concedido un aviso.  Parece ridículo, ¿verdad? Puedes reírte cuanto quieras. No te lo reprocho. Pero te aseguro que ridículo, no es.

Por AFRICA ARAGON

Leave a Reply To Sylvia Clear

2 Comments

  1. Gracias por tu testimonio!!

    1. GRACIAS