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Estilos de apego y diferencias entre las figuras materna y paterna
S. Medina Siguero, Lda. en CC. de la Educación y A. Polaino Lorente, Psiquiatra - 06.12.2004


De acuerdo con los supuestos de las teorías de Ainsworth y Bowlby, el primer vínculo que establece el niño es con la madre (relaciones de apego). De aquí que la influencia materna sea la primera (Bowlby, 1969/82), al menos en los dos primeros años de la vida, urdimbre afectiva primera a partir de la cual el niño desarrollará sus posteriores relaciones con el resto de las personas. Por tanto una buena base en el apego establecido con la madre supondrá el establecimiento de interacciones satisfactorias.

El papel del padre durante la infancia tiene, al parecer, una gran importancia para el desarrollo del hijo, tanto social como cognitivamente. Y esto a pesar de que socialmente, el "pensamiento dominante" haya situado en un primer lugar la relación madre/hijo, dejando fuera de foco la relación que el niño establece con el padre, cuya influencia margina y sólo recupera más tarde, a partir de los seis años de vida (Palkovitz, 1984; Parke, Power, Tinsley y Hymel, 1981).

La implicación paterna puede evaluarse a través de tres indicadores diferentes relacionados estrechamente ente sí, que a continuación se describen:

  1. La cantidad de tiempo que el padre destina a interactuar directamente con el niño.
  2. La disponibilidad que el padre manifiesta en cada momento para responder a las señales de su hijo.
  3. La responsabilidad que el padre asume en el cuidado y la educación de su hijo.

Estos datos son relevantes, especialmente para determinar el grado de implicación de los padres respecto de sus hijos ( Bronstein,1984; Clarke-Stwart, 1978; Lamb,1991).

Los padres, de ordinario, pasan menos tiempo con sus hijos que las madres. La disminución del tiempo dedicado conduce invariablemente a una menor interacción entre ambos, menor accesibilidad y una menor responsabilidad respecto del cuidado de los niños.

De acuerdo con los resultados obtenidos por Suess y cols. (1992) y Van Ijzendoor y cols. (1991), parece que las influencias de la relación madre-hijo condicionan el nivel de concentración de los niños y su egoflexibilidad en el ámbito escolar. Por contrario, el apego al padre podría tener particulares consecuencias en el contexto de la socialización con los iguales.

Las actividades que diferencialmente realizan los padres por medio de los cuales se recurre a ellos en busca de protección, consuelo y apoyo. La seguridad del hijo en el apego con cada uno de los padres, es el resultado de la historia interaccional que hayan ido manteniendo con ellos.

Durante el segundo año de vida tiene lugar una disminución en la frecuencia e intensidad de las interacciones con los padres, lo que algunos interpretan en el sentido de que las conductas de apego serían más apropiadas y necesarias entre lo doce y trece meses de edad (Lamb, 1977 ).

Ambos padres son fuentes esenciales de guía e influencia para los niños, quienes responden, tanto emocional como comportamentalmente, a los estímulos que reciben del padre y de la madre. Los niños discriminan entre el consuelo y las funciones comunicativas y sociales, dentro de las relaciones de apego, utilizan diferencialmente a los progenitores para servirse de ellos en estas diferentes funciones.

Los niños buscan más proximidad con sus madres que con sus padres cuando se encuentran en situaciones de estrés y cuando aparece un conflicto.

Las madres y los padres interactúan diferencialmente con sus hijos e hijas, dependiendo también del grado de sensibilidad de estos últimos y de sus respuestas a las elicitaciones que reciben aquellos en momentos de consuelo, lo que varía mucho de unos a otros.

Por todo ello, Sroufe (1985) concluye que el estilo de apego de un niño y la calidad de la relación con sus padres son probablemente el resultado de una compleja interaccionar entre:

  • los estilos de los padres, como figuras de apego y cuidadores,
  • el temperamento del niño, y
  • el modelo de apego que el niño va interiorizando durante su desarrollo.

Fox y cols.(1991) priorizan y magnifican el apego materno sobre el paterno, sea porque aquel es el primero en el tiempo o sea por la mayor intensidad psicológica que acontece en la interacción madre-hijo. Por eso postulan que el apego entre padre e hijo es en algún modo dependiente del apego que se establece entre la madre y el hijo. A su vez, el temperamento infantil es también una variable que tiene ciertas influencia en las tipologías del apego, aunque sin duda alguna se le atribuya una menor relevancia (Cassidy,1994).

Según afirman, el origen del apego padre e hijo remite a los orígenes del apego madre-hijo. De otra parte, sabemos que los padres son tan capaces como las madres de proporcionar cuidados a sus hijos (Belsky, Gilstrap y Rovine, 1984; Lamb, 1981; Parke y Tinsley, 1981).

Otros autores como Lamb, Frodi y Hwang (1982) mantienen que aunque haya una gran implicación de los padres en el cuidado de sus hijos, sigue habiendo diferencias entre padres y madres. El tiempo que pasan ambos padres con los hijos es importante, pero lo es aún más la calidad diferencial de ese tiempo que pasan juntos.

El tiempo que pasan los padres con los hijos es significativa e inversamente proporcional al tiempo que las madres pasan con sus hijos. Esto sugiere que el tiempo que los padres pasan con el hijo podría ser, en algunos casos, como una justa compensación en el hijo, respecto de la menor implicación de las madres ( debido a la nueva incorporación de la mujer al mundo laboral). Todo ello podría interpretarse como un nuevo factor desencadenante de estrés familiar.

En los casos en que se advierte que ambos padres pasan más tiempo en el hogar y por tanto, son más accesibles a sus hijos, se advierte que también son los padres los que en modo suficiente satisfacen los requisitos que son precisos para que los hijos preferentemente interactúen con ellos.

Observaciones realizadas en diversas familias mostraron que las hijas utilizan más que los hijos conductas de proximidad-búsqueda; en cambio, las preferencias por los padres del mismo sexo, caracterizó a ambos (niños/as). Por otra parte parece un hecho bien fundado que los padres se mostraron consistentemente más relevantes y significativos para los hijos que para las hijas, mientras que la interacción con la madres no arrojó análogos resultados (Lewis y Weinrab, 1974).

Dado el cambio de roles que se está produciendo en la sociedad actual, los padres comienzan a tener un papel cada vez más importante en la educación de sus hijos. Por eso empieza a darse mayor importancia al papel que juega la figura masculina en el desarrollo de los hijos. Pero también podría suceder que la incorporación de la mujer al mundo laboral, hiciera que los padres actúen con mayor responsabilidad en el cuidado de sus hijos, implicándose cada vez más en su atención.

Tanto el apego que se establece con la madre como con el padre constituyen, qué duda cabe, el fundamento principal de las posteriores relaciones que el niño establecerá con el resto de las personas.

Un apego seguro y bien establecido constituye el camino para una satisfactoria relación con sus iguales en el futuro.

Cuando el niño, a edad temprana, empieza a contactar con sus compañeros de la misma edad, en las escuelas infantiles o guarderías, es posible que mantengan también diversas relaciones con ellos, dependiendo del estilo de apego que haya establecido con sus progenitores.

Los niños con una relación con sus progenitores de "apoyo" (apego seguro madre-hijo, conducta paterna facilitadora), son tratados también de modo diferente por sus padres (menor control de la madre sin sobreprotección y mayor número de muestras de afecto por parte del padre). Ese diferente tratamiento de los padres no se ha podido observar en los niños caracterizados por vivir en una familia en la que no hay apoyo.

Es posible que un niño experimente un apego seguro a uno de los padres e inseguro respecto del otro. En cambio, la similitud del apego del niño respecto del padre y la madre tal vez refleje la identidad de ese mismo estilo interactivo que existe entre los padres. Si tanto el padre como la madre presentan conductas sensibles y atentas a las señales emitidas por sus hijos, cabe esperar que de un alto grado de identidad entre padres e hijos.

El estilo de apego infantil parece depender de cómo sea el apego al padre y a la madre:

  • Un niño puede tener un apego seguro respecto de uno de sus padres y, sin embargo, ser calificado su apego como inseguro respecto del otro.
  • El tipo de inseguridad que manifiesta el niño parece ser dependiente del tipo de apego que ha recibido.

En definitiva, que la esencia del apego en el niño podría ser resultado del comportamiento esperado (supuesto) de sus padres (apego seguro o inseguro), especialmente con ocasión de situaciones de estrés suscitadas como consecuencia de la separación de alguno de sus progenitores.

Los padres pueden presentar ciertas similitudes en el cuidado y los sistemas de valores por los que se rigen respecto de las notas que caracterizan al apego seguro como la responsabilidad y la sensibilidad de las señales del niño. Un padre puede servir como modelo al otro cónyuge, o tal vez ambos puedan aprender conjuntamente a responder con cierta sensibilidad a su hijo.

Modelos análogos de interacción, en lo que se refiere a responsabilidad y sensibilidad a las señales de los hijos, pueden ser observados en otros modelos similares de apego (Belsky, Rovine y Taylor, 1984).

Cuando el niño entra a formar parte de un nuevo entorno, como en la escuela infantil o guardería, las notas características de la relación establecida entre madre-hijo/a y padre-hijo/a pueden predecir, en ocasiones, el comportamiento que seguirán con sus iguales (especialmente el comportamiento prosocial) y los nuevos cuidadores, que pasan con él la mayor parte del día.

Posiblemente, los niños aprenden a través del apego con sus padres la habilidad de reconocer y responder a los estados emocionales de sus compañeros de juego. Este comportamiento podría generalizarse luego a otras interacciones sociales que involucrasen a otros niños (Parke y cols.,1989).

Aunque los estudios anteriores no han examinado la relación padre-hijo y la interacción entre iguales, no obstante, los datos disponibles permiten sostener que la interacción de una conducta paterna positiva, afectuosa y facilitadora está muy relacionada con una interacción entre iguales prosocial y amistosa. Es decir, que una buena relación padre-hijo, un apego seguro funda y asienta las bases que hacen posible la emergencia de las futuras relaciones entre amigos.

Esto quiere decir que los estilos de apego que se establecen en los primeros dos años de la vida de un niño, posiblemente sean transferidos luego a las personas con las que el niño más íntimamente conviva.

Cuando el niño entra en la escuela infantil o en la guardería, se encuentra con un mundo a su alrededor con un mundo del todo nuevo al que se adaptará de una u otra forma, dependiendo del tipo de apego que haya establecido con sus progenitores.

En la actualidad, la mayoría de los cuidadores o monitores de las escuelas infantiles son mujeres, tal vez como consecuencia del modelo social hasta ahora vigente, según el cual se pensaba que la madre era, en primera instancia, la figura que debía encargarse de todos los cuidados que el niño necesita. Hoy sabemos, sin embargo, que los cuidados y la educación que los niños reciben en los primeros años podrían ser igualmente impartidos con la misma eficacia por el padre o por personas del sexo masculino.

Es muy posible que la relación que el niño establece con un cuidador masculino, en lugar de un cuidador femenino, tal vez llegue a ser más predictivo del apego padre-hijo que del apego madre-hijo.

A pesar de ello, todavía en muchas escuelas infantiles la mayoría de las cuidadoras son mujeres, lo que podría entenderse como un indicador de que el cambio producido en los actuales roles sociales todavía no ha alcanzado el ámbito del cuidado infantil, en esos primeros y decisivos años donde se asientan las bases de su posterior desarrollo cognitivo y social.


S. Medina Siguero y A. Polaino Lorente. "Estilos de apego y diferencias entre las figuras materna y paterna". En: Revista de actualización docente "Comunidad Educativa", nº 244, pp. 22-25. Sep.-Oct. 1997

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