Y NACIÓ LA CUARTA
Hace ya
algunos años, la noticia provocó
un terremoto en la
familia. Era como
la llegada imprevista, no anunciada, de un huésped
decididamente no deseado. Ni el padre, ni la madre, ni ninguno de los hermanos, se atrevía a dar unas razones concluyentes para
explicar
el malestar que estaba creciendo en torno al acontecimiento anunciado.
El desconcierto no estaba del todo justificado; en realidad no había sucedido
nada grave, y mucho menos irreparable. Hasta ese preciso momento, la casa
estaba compuesta
de padre, ya cercano a sus cincuenta años; de madre, en sus cuarenta
bien cumplidos;
y de tres hijos:
dos hombres, uno terminando la universidad, y otro en su segundo año; y de una mujer decidida a salvar el COU y la selectividad de un tirón. Desde ahora, un miembro más,
todavía desconocido y sin rostro, presentaba
sus credenciales
para incorporarse al hogar.
Todos se consideraron
con derecho
a opinar y a dar ;
consejos. El mayor de los varones se
permitió un comentario
impertinente, y se ganó la primera bofetada -y bien sonora- de toda su vida. El
padre, hombre sereno y pacífico, que hasta entonces
había resuelto cualquier tipo de situación
comprometida
con firmeza y sin alzar demasiado la
voz, no dudó en emplear la mano
fuerte para defender el derecho a la vida, que ya poseía,
del “engendrado y todavía no nacido”.
La contundencia
del argumento dejó bien claro al
resto de la familia que la nueva criatura
participaba ya de todos y de cada
uno de los derechos de la persona humana, y no venía a robarle nada a nadie.
Problemas económicos acuciantes no había y, si alguna vez se presentaban, no se veía particular dificultad
para aplicar una vez más el dicho
que ha mantenido en pie generaciones de hombres y multitud de civilizaciones, sobre la faz de la tierra: "donde comen tres comen
cuatro".
El segundo de los hijos, un egoísta práctico preocupado casi
obsesivamente por su propia
"calidad de vida" -comodidad, le llamaba su hermana- comenzó a medir mentalmente el piso para
resolver el problema del alojamiento
del recién anunciado. Los metros cuadrados
que había que compartir no eran excesivos.
El aire no sería problema, aunque a
él no le gustaba abrir la ventana, y con
un habitante más se hacía preciso
renovar con más frecuencia
los metros cúbicos de atmósfera. Y eso, en la esperanza de que al padre
no le diera por volver a fumar. Las cuentas no salían muy exactas,
y por unos días no se hacía a la idea de verse obligado a encogerse un poco, y ceder
espacio
al que todavía no había llamado ni siquiera a la puerta,
y que comenzaba, por otros caminos,
a pasar su tarjeta en la mente y en
el corazón de sus ya hermanos.
La chica fue algo más cauta;
en las primeras vueltas que dio a su
imaginación, sufrió todas las
vergüenzas propias
y ajenas, habidas y por haber. Se le
subían los colores sólo de pensar que tendría que acompañar a su madre, por
la calle, de compras, con
siete meses de embarazo a cuestas.
¿Qué dirían sus amigas, y qué pensarían
quienes les vieran? ¿Cómo conseguir
hacerles entender que su madre no
se había vuelto loca?
La madre que, en definitiva, era la verdadera interesada y la que
vivía en plenitud la novedad del acontecimiento,
estaba desconcertada.
Una primera sensación de malestar le invadió toda el alma, y una
vergüenza semejante le llenó el espíritu.
No sabía si dejarse ir en los brazos de la lamentación
o embarcarse en una melodía de acción de
gracias.
En un primer instante, se
le vinieron a la memoria todos los malos momentos de los anteriores tres embarazos.
Todos, uno detrás de otro, y sin que ninguno quedase fuera de su memoria. Ya no
tenía veinte años, y los nueve meses de vida que se le presentaban
por delante se le figuraron como una montaña de cimas
infranqueables. Y esta sorpresa,
después de dieciséis
años. Buena lectora de la Biblia, recordaba el texto en el que Isaías habla de que
brotarán “aguas en el desierto y torrentes en la soledad. Y la tierra seca, se mudará en estanque, y la sedienta en fuentes
de aguas”; no se atrevía, sin embargo, a aplicarse esas palabras
al verse fecundada, a sus años, con semejante abundancia.
Pasó casi dos meses sin decidirse a hacer
público
el embarazo; y no por vergüenza -no
había de qué-, sino sencillamente porque no acababa
de estar convencida. Descartado
que la criatura ya viva en sus
entrañas fuese un sueño o una falsa ilusión, cayó
por unos instantes en la tentación de pensar
si no sería una broma del Creador. ¿Cómo era posible
que Dios hubiera permitido
'aquello", cuando ya el
manantial de vida de su cuerpo estaba a punto
de agostarse? Y, precisamente ahora, en el momento de la vida en el que estaba a punto de conseguir
ese cierto equilibrio entre el cuerpo,
el alma y el espíritu, que tantos
titubeos, sacrificios, desánimos y euforias lleva consigo.
Superada la primera fase de desconcierto, con
quejas y enfados ante la perspectiva
de cambiar tantos hábitos de su
vivir, le costó todavía más concentración y esfuerzo hacerse
a la idea de afrontar otra vez la carga
de la educación
de un nuevo ser humano, con las sobreañadidas
crisis de crecimiento; y tener que acomodar
su brillante trabajo profesional a
las exigencias de la nueva criatura.
¿Valía realmente la pena?
¿Tendría fuerzas suficientes para seguir siendo madre, cuando
ya se preparaba
para ser abuela? Prefirió dejar para el momento del parto,
la alegría de descubrir si era hijo
o hija; y volvió a tomar con decisión el curso
normal de los días, sacando fuerzas
de flaqueza, y agradeciendo a Dios
el fortalecido vigor de la sangre
que sentía correr por sus venas. Fue su mejor embarazo.
Hoy, la intrusa -se presentó
mujer- tiene cinco años. La madre no se cambia
por nadie del mundo. El padre no se queja del cansancio por
el trabajo. El mayor sueña con una
hija semejante a su hermana; el segundo, ha conseguido
acomodar todos los espacios y es capaz, incluso,
de interrumpir un trabajo de
investigación, para socorrer
a la pequeña en momentos de necesidad.
Y la hermana, manda besos para
la pequeña en todas las cartas que escribe
desde el extranjero.
Ante la cara
de felicidad de la madre, llegué a pensar que a aquel personaje
de Shakespeare que consideró la vida como
"un cuento narrado por un idiota", se le habrían cambiado los humores con
una hija como ésta.
Juliá
Díaz, Ernesto (1997). Y nació la cuarta. En
Juliá Díaz, Ernesto., “El latir de las horas”, (pp. 101-104).
Sevilla: Ediciones Guadalquivir.