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Y nació la cuarta
Ernesto Juliá Díaz. Sacerdote - 19.04.2006

Y NACIÓ LA CUARTA

Y NACIÓ LA CUARTA

 

 

Hace ya algunos años, la noticia provocó un terre­moto en la familia. Era como la llegada imprevista, no anunciada, de un huésped decididamente no deseado. Ni el padre, ni la madre, ni ninguno de los hermanos, se atrevía a dar unas razones concluyentes para explicar el malestar que estaba creciendo en torno al aconteci­miento anunciado.

El desconcierto no estaba del todo justificado; en re­alidad no había sucedido nada grave, y mucho menos irreparable. Hasta ese preciso momento, la casa estaba compuesta de padre, ya cercano a sus cincuenta años; de madre, en sus cuarenta bien cumplidos; y de tres hi­jos: dos hombres, uno terminando la universidad, y otro en su segundo año; y de una mujer decidida a salvar el COU y la selectividad de un tirón. Desde ahora, un miembro más, todavía desconocido y sin rostro, presen­taba sus credenciales para incorporarse al hogar.

Todos se consideraron con derecho a opinar y a dar ; consejos. El mayor de los varones se permitió un co­mentario impertinente, y se ganó la primera bofetada -y bien sonora- de toda su vida. El padre, hombre sereno y pacífico, que hasta entonces había resuelto cualquier ti­po de situación comprometida con firmeza y sin alzar demasiado la voz, no dudó en emplear la mano fuerte para defender el derecho a la vida, que ya poseía, del “engendrado y todavía no nacido”. La contundencia del argumento dejó bien claro al resto de la familia que la nueva criatura participaba ya de todos y de cada uno de los derechos de la persona humana, y no venía a robar­le nada a nadie.

Problemas económicos acuciantes no había y, si al­guna vez se presentaban, no se veía particular dificultad para aplicar una vez más el dicho que ha mantenido en pie generaciones de hombres y multitud de civilizacio­nes, sobre la faz de la tierra: "donde comen tres comen cuatro".

El segundo de los hijos, un egoísta pctico preocpado casi obsesivamente por su propia "calidad de vi­da" -comodidad, le llamaba su hermana- comenzó a medir mentalmente el piso para resolver el problema del alojamiento del recién anunciado. Los metros cua­drados que había que compartir no eran excesivos. El aire no sería problema, aunque a él no le gustaba abrir la ventana, y con un habitante más se hacía preciso re­novar con más frecuencia los metros cúbicos de atmós­fera. Y eso, en la esperanza de que al padre no le diera por volver a fumar. Las cuentas no salían muy exactas, y por unos días no se hacía a la idea de verse obligado a encogerse un poco, y ceder espacio al que todavía no había llamado ni siquiera a la puerta, y que comenzaba, por otros caminos, a pasar su tarjeta en la mente y en el corazón de sus ya hermanos.

La chica fue algo más cauta; en las primeras vueltas que dio a su imaginación, sufrió todas las vergüenzas propias y ajenas, habidas y por haber. Se le subían los colores sólo de pensar que tendría que acompañar a su madre, por la calle, de compras, con siete meses de em­barazo a cuestas. ¿Qué dirían sus amigas, y qué pensarí­an quienes les vieran? ¿Cómo conseguir hacerles enten­der que su madre no se había vuelto loca?

La madre que, en definitiva, era la verdadera intere­sada y la que vivía en plenitud la novedad del aconteci­miento, estaba desconcertada. Una primera sensación de malestar le invadió toda el alma, y una vergüenza se­mejante le llenó el espíritu. No sabía si dejarse ir en los brazos de la lamentación o embarcarse en una melodía de acción de gracias.

En un primer instante, se le vinieron a la memoria todos los malos momentos de los anteriores tres emba­razos. Todos, uno detrás de otro, y sin que ninguno quedase fuera de su memoria. Ya no tenía veinte años, y los nueve meses de vida que se le presentaban por de­lante se le figuraron como una montaña de cimas infran­queables. Y esta sorpresa, después de dieciséis años. Buena lectora de la Biblia, recordaba el texto en el que Isaías habla de que brotarán “aguas en el desierto y to­rrentes en la soledad. Y la tierra seca, se mudará en es­tanque, y la sedienta en fuentes de aguas”; no se atrevía, sin embargo, a aplicarse esas palabras al verse fecunda­da, a sus años, con semejante abundancia.

Pasó casi dos meses sin decidirse a hacer público el embarazo; y no por vergüenza -no había de qué-, sino sencillamente porque no acababa de estar convencida. Descartado que la criatura ya viva en sus entrañas fuese un sueño o una falsa ilusión, cayó por unos instantes en la tentación de pensar si no sería una broma del Crea­dor. ¿Cómo era posible que Dios hubiera permitido 'aquello", cuando ya el manantial de vida de su cuerpo estaba a punto de agostarse? Y, precisamente ahora, en el momento de la vida en el que estaba a punto de con­seguir ese cierto equilibrio entre el cuerpo, el alma y el espíritu, que tantos titubeos, sacrificios, desánimos y euforias lleva consigo.

Superada la primera fase de desconcierto, con que­jas y enfados ante la perspectiva de cambiar tantos há­bitos de su vivir, le costó todavía más concentración y esfuerzo hacerse a la idea de afrontar otra vez la carga de la educación de un nuevo ser humano, con las so­breañadidas crisis de crecimiento; y tener que acomo­dar su brillante trabajo profesional a las exigencias de la nueva criatura.

¿Valía realmente la pena? ¿Tendría fuerzas suficientes para seguir siendo madre, cuando ya se preparaba para ser abuela? Prefirió dejar para el momento del parto, la alegría de descubrir si era hijo o hija; y volvió a tomar con decisión el curso normal de los días, sacando fuer­zas de flaqueza, y agradeciendo a Dios el fortalecido vi­gor de la sangre que sentía correr por sus venas. Fue su mejor embarazo.

Hoy, la intrusa -se presentó mujer- tiene cinco años. La madre no se cambia por nadie del mundo. El padre no se queja del cansancio por el trabajo. El mayor sue­ña con una hija semejante a su hermana; el segundo, ha conseguido acomodar todos los espacios y es capaz, in­cluso, de interrumpir un trabajo de investigación, para socorrer a la pequeña en momentos de necesidad. Y la hermana, manda besos para la pequeña en todas las cartas que escribe desde el extranjero.

Ante la cara de felicidad de la madre, llegué a pensar que a aquel personaje de Shakespeare que consideró la vida como "un cuento narrado por un idiota", se le ha­brían cambiado los humores con una hija como ésta.

Juliá Díaz, Ernesto (1997). Y nació la cuarta. En Juliá Díaz, Ernesto., “El latir de las horas”, (pp. 101-104). Sevilla: Ediciones Guadalquivir.

 


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