NOMBRE CATEGORÍA

RIÑAS ENTRE HERMANOS. José Manuel Mañú

         

Lucía tiene 10 años y Enrique 8, son hermanos y sus relaciones son variables: a veces se llevan estupendamente y otras riñen. Sus padres no están especialmente preocupados pues es lo que pasa en casi todas las familias que conocen.

Lucía tiene 10 años y Enrique 8, son hermanos y sus relaciones son variables: a veces se llevan estupen­damente y otras riñen. Sus padres no están especial­mente preocupados pues es lo que pasa en casi todas las familias que conocen. Lucía es más responsable, porque le lleva dos años y porque las chicas maduran antes que los chicos. A veces trata de ejercer de «ma­dre» de Enrique, cosa que éste no acepta de buen gra­do. Enrique evita acudir a ella en las dudas que le sur­gen al hacer los deberes, pues su hermana tiene poca paciencia y las explicaciones casi siempre acaban en discusión.

 

Otras veces se llevan fenomenal y comparten al­gunos regalos y juguetes. Sus aficiones lógicamente son distintas, aunque coinciden en algunas, como el uso del ordenador. En el colegio de Enrique cuidan mucho la enseñanza de las nuevas tecnologías, cosa que éste aprovecha para poner al día a su hermana de los últimos conocimientos. Ahora están haciendo juntos una página web sobre animales marinos.

 

Sus padres se preguntan cómo serán las relacio­nes entre ellos a la vuelta de los años. De hecho su padre apenas tiene relación con sus hermanos, a raíz de una discusión por una herencia. Las relaciones de la madre con sus hermanos son muy buenas y con frecuencia se reúne toda la familia para algún festejo. ¿Cómo serán las relaciones entre Lucía y Enrique dentro de 20 años?

 

Definición de la cuestión

 

Las riñas y peleas entre hermanos son fre­cuentes y aparentemente poco significativas para las relaciones futuras entre ellos. Sí es preocu­pante cuando están por medio la envidia o los celos. El hecho de que, objetiva o subjetivamen­te, un hermano reciba menos atención de sus pa­dres origina rivalidades por acaparar la atención o una envidia larvada que lleva a mirar con rece­lo cualquier detalle que se tenga con el otro her­mano. Esta cuestión hace sufrir a los interesados y a los padres, que perciben cómo cualquier ac­tuación será vista según ese prisma. Hace falta un poco de calma y de perspectiva para juzgar la parte objetiva que pueda haber y el trato educa­tivo que requiere la situación. En el último capí­tulo del libro de Teresa Artola (Cómo resolver situaciones coti­dianas de tus hijos de 6 a 12 años) viene muy bien reflejada esta cuestión.

 

Cuando no se acierta es fácil que queden he­ridas que condicionarán el trato futuro entre los hermanos.

 

Vamos a analizar los hechos hacia atrás, bus­cando las raíces de las relaciones. El trato entre hermanos adultos es muy variable según las fa­milias, y dentro de éstas entre los diferentes her­manos. ¿Es esto educable o es imprevisible?

 

El hecho de reñir entre los hermanos no es in­dicio, sin más, de una mala relación futura. Influi­rán también otros factores como las posibilidades que tengan de verse, a la vuelta de los años, el ni­vel de cohesión familiar que procuren los padres entre los hermanos adultos, la actitud de nuera y suegra o de cuñadas entre sí... etc.

 

Es un hecho que muchos adultos, si fuera posible volver a la infancia, reconstruirían la re­lación con sus hermanos. La buena relación se va gestando lentamente, aunque pase por momen­tos difíciles que no faltan en casi ninguna fami­lia.

 

¿Tus hijos han tenido un modelo del que aprender por línea paterna, materna o de am­bos?, ¿se han criado en un ambiente en el que el trato con sus primos ha sido frecuente, o cada núcleo familiar ha vivido por su cuenta? Como es obvio influyen muchas circunstancias, algu­nas de las cuales no está en tu mano cambiar.

 

¿Qué te une además de los lazos biológicos con tus hermanos?, ¿tenéis un estilo de vida co­mún, unos valores o intereses similares?

 

Algunos signos de preocupación

 

Algunas familias conviven muy poco. Una intensa vida de trabajo del padre o de la madre, muchas relaciones sociales fuera del ámbito fa­miliar... Si tu familia no está muy unida ahora, es previsible que lo esté menos a la vuelta de los años. Si tus hijos se están educando en un am­biente de nula convivencia con sus abuelos y pri­mos, les falta un patrón de referencia para su ac­tuación de adultos. También es cierto que puede haber razones serias por las que desees que esa convivencia no se produzca con frecuencia: si­tuaciones familiares anómalas, estilos de vida muy distintos...

 

La movilidad geográfica es mucho mayor en la actualidad: antes lo ordinario era que los her­manos vivieran en las mismas ciudades, ahora es muy frecuente que vivan en distintas ciudades e incluso países.

 

La facilidad de comunicación telefónica de­biera facilitar las buenas relaciones, aunque a ve­ces hablan poco porque tienen poco que decirse: han ido perdiendo temas de conversación comu­nes, como la salud de los padres, qué hacen los otros hermanos, etc.

 

Hay algunos factores que favorecen la futura relación entre hermanos:

 

Afinidad en el modo de ver la vida: une más la práctica de la religión que la similitud de ideas políticas, aunque la discrepancia en éstas desune (la política une poco y separa mucho).

 

La posibilidad de verse con frecuencia: veranear en la casa familiar, celebrar juntos de­terminadas festividades: cumpleaños de los pa­dres... Ayuda mucho que un hermano tome la iniciativa para reunirse todos en determinadas épocas del año.

 

Que tu cónyuge se encuentre a gusto en tu círculo familiar: si no lo está rehuirá el tra­to con tu familia.

 

Estilos de vida similares: si la forma de educar a los hijos difiere mucho entre los diver­sos hermanos es difícil que la relación entre ellos sea honda; más todavía, puede hacer desaconse­jable que tus hijos convivan mucho con sus pri­mos.

 

Factores que favorecen la buena relación entre hermanos

 

  • Tener horarios que compartir: comidas, excursiones, etc.
  • Tener muchos puntos en común: desde aficiones a creencias.
  • La rutina mata muchas relaciones: del poco trato se va llegando al distancia­miento afectivo.
  • Los cónyuges pueden ser secantes, por absorbentes, de otras relaciones familia­res, o por el contrario pueden facilitar el trato con tus padres, hermanos, etc.
  • Fomentar desde pequeños actitudes abier­tas hacia los demás: generosidad...
  • No dar motivos a los celos entre ellos y saber corregir los que se den sin motivo razonable.
  • Enseñarles a pensar por «duplicado»: cuando reciben algo tienen que pensar esto es para mí y para mis hermanos.
  • Preocupación común hacia los padres: resulta lamentable ver familias que riñen para evitar atender a sus padres mayores. Bien es verdad que las circunstancias no son siempre las mismas, y no caben solu­ciones simplistas a problemas que a ve­ces son complejos.
  • Poner las relaciones familiares por enci­ma de los bienes económicos: una heren­cia nunca debe ser motivo de discusión entre hermanos. Si han sido educados en la generosidad y la apertura hacia los otros hermanos, es más fácil que no riñan por la herencia.
  • Que como cónyuge facilites al otro la re­lación con su familia de sangre; en tu mano puede estar fomentar la relación y hacerla amable o, por el contrario, sem­brar de cizaña las relaciones. No siempre es fácil encontrar el punto exacto de la debida independencia de tu familia res­pecto al resto de familiares y a la vez conseguir que las relaciones con éstos sean buenas.

 

San Josemaría Escrivá hablaba de que los cristianos han de ser sembradores de paz y de alegría, y la familia es un buen campo para hacer esta siembra. Crear hogares luminosos y alegres era otro de sus objetivos y desde luego no desco­nocía las dificultades para lograr estas dos metas.

 

El futuro no está ahora en tus manos, pero en palabras de un insigne psiquiatra, nuestra vida es biográfica; con el día a día vamos construyen­do los cauces por donde previsiblemente se con­ducirá más adelante. Un filósofo, Alejandro Lla­no, dice que a partir de los treinta años cada uno es responsable de su cara: sonriente o agriada. El futuro lo vamos gestando con el día a día presen­te, y en tu mano está el poner las bases de lo que pueden ser unas excelentes relaciones entre tus hijos en el presente y en el futuro.

 

Cuando una persona pierde en su vida el sen­tido de hogar, queda muy vulnerable ante las circunstancias adversas. El hombre está creado para vivir en familia y cuando, por su culpa o sin ella, no vive así, se convierte en un ser desarrai­gado.

 

De la misma manera que hay que cuidar en la educación de los hijos un desarrollo correcto de su afectividad, de su actitud ante el consu­mismo, etc., hay que inculcar el sentido de fa­milia. La sociedad actual resulta en estos puntos tan agresiva que, si no pones medios positivos y abundantes, lo ordinario será que alguno de tus hijos sea afectivamente inmaduro, consumista y con un sentido de la familia donde está ausente el sentido del compromiso duradero o que tenga modelos llamados «familiares» pero que de he­cho no lo son.

 

El hombre y la mujer necesitan de un ámbi­to para ser queridos y querer, sin tener que hacer méritos constantemente para lograrlo. Si pier­den el sentido familiar buscarán ese calor en otro tipo de situaciones: desde una vida cuyo princi­pal objetivo es trabajar, hasta ser un hombre al socaire de todos los vientos.

 

 

Mañú Noáin, J. M., (2004), “Riñas entre hermanos”, en MAÑÚ NOÁIN, J. M., Cómo educar a niños de 6 a 12 años, Madrid, Ediciones Internacionales Universitarias, 2004, pp. 141-148

 

 

Publicado el 29/5/2017 en ARTÍCULOS

         

RSS 2.0 (ARTÍCULOS) RSS 2.0 (Vivir en Familia)

Deja un comentario


( * ) Campos obligatorios

Buscar

Categorías

Últimas entradas