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¿QUÉ SUCEDE CON LA FAMILIA? Juan Manuel Burgos Velasco

         

La familia es hoy un tema de actualidad. Ha pasado del ostracismo ideológico y social que proscribía su presencia en el ámbito público a ser un tema de debate, discusión y preocupación colectiva hasta el punto de inducir a los poderes públicos a adoptar medidas económicas y políticas.

Las razones son múltiples pero quizá se podrían sintetizar en la intuición o la sensación de que algo importante “pasa” con la familia: está cambiando, se modifica, y de modo profundo, es más, parece alterarse, erosionarse e incluso quebrarse para luego, en realidad, continuar vigente y casi fuerte. Y esa sensación, a su vez, está dando lugar a la convicción de que hay que hacer algo, de que no se puede permanecer sin más a la espera de que los acontecimientos se desencadenen sino que resulta cada vez más necesario actuar en ese proceso para orientarlo, dirigirlo y llevarlo a buen puerto. Al mismo tiempo, esa convicción y este sentimiento cada vez más acentuados se unen, se solapan y se enfrentan con una notable dificultad: la identificación exacta del contenido de ese cambio. En otras palabras; está claro que algo le pasa a la familia pero, ¿qué es exactamente lo que le sucede?

 

Probablemente, la primera palabra o imagen que puede venir a la mente es la de crisis. La familia parece estar sin duda en una profunda crisis ideológica y existencial. Para empezar, las familias que podemos denominar tradicionales parecen enfrentarse a muchas cuestiones irresueltas. No está nada claro, por ejemplo, quién debe hacer qué en el interior del hogar ni cuáles son los roles específicos del hombre y de la mujer. También plantea dificultades, sobre todo en el caso de la mujer, compatibilizar el trabajo con el hogar. Pero los problemas a los que tiene que hacer frente la familia van mucho más allá y son mucho más graves: el alarmante aumento de separaciones y de divorcios, la aparición de las parejas de hecho, la fragmentación de los núcleos familiares, la disminución de la natalidad, la trivialización de las relaciones de pareja, el aumento de los abortos, etc. Son este tipo de dificultades las que causan la convicción de estar en una situación de crisis.

 

De hecho, el calado de esta crisis es de tal magnitud que ha afectado al mismo concepto de familia. Hace 15 ó 20 años había una visión bastante clara y definida de lo que era la familia pero hoy esto ya no es así. Comienza a no saberse muy bien cuál es su contenido porque el paradigma constituido por un hombre y una mujer que forman una unión estable que acoge a los hijos se considera hoy sólo uno de los tantos posibles modelos de familia que ahora se regirían básicamente por una mera relación de afectividad. El ejemplo más extremo lo proporcionan los homosexuales que buscan una equiparación de su unión afectiva con un matrimonio “clásico” que conlleve incluso la capacidad de adoptar niños.

 

Una anécdota muy iluminadora sobre esta cuestión lo proporciona la historia del anagrama oficial de la ONU para el Año Internacional de la familia. Inicialmente se propuso un dibujo que representaba una pareja con un hijo bajo un techo pero poco a poco comenzaron a arreciar las críticas de una y otra parte por lo que el logo fue sufriendo sucesivas modificaciones, reestructuraciones y simplificaciones hasta quedar, al final, reducido a un techo debajo del cual había un corazón. La interpretación es muy directa: la familia, como entidad antropológica y socialmente definida, quedaba finalmente reducida a un mero lugar en el que habita el amor o el sentimiento.

 

Coherentemente con este cambio de mentalidad se han buscado alternativas al concepto de familia tanto a nivel académico como en el lenguaje periodístico o en el común. Una de las soluciones más aceptadas ha sido la de hablar de familias (en plural) y no de la familia o bien de modelos de familia o de formas familiares dejando así un amplio espacio a todas las posibles modalidades de unión heterosexual y homosexual[1]. Con este cambio se logra que quede claro -también desde un punto de vista terminológico- que la familia no es una realidad única sino múltiple y que, al depender de las elecciones libres de las personas, pueden existir muchos modelos y muy variados[2]. De manera todavía más radical, algunos sociólogos han propuesto incluso la eliminación de la palabra “familia” sustituyéndola por la de “curso de la vida”[3]. Con este cambio se pretende reflejar que la familia, aunque pueda adoptar formas muy variadas, no es en el fondo una realidad estructural y estable en la vida del individuo sino más bien un estado fluido y multiforme ligado al sujeto individual, un hecho de su existencia que no corresponde, sin embargo, a datos sociales estables y externos.

 

No todo son malas noticias, sin embargo, para la familia. Junto al conjunto de datos negativos que hemos apuntado existen otros favorables, algunos de los cuales incluso van tomando cada vez mas peso.

 

En primer lugar, hay un dato que nunca se debe olvidar al hablar de la familia. Aunque lo que podemos denominar de manera provisional familia clásica esté sufriendo una grave crisis constituye todavía, y con gran diferencia la estructura procreativa más importante tanto en España como en el resto de países Occidentales. Además –y esto es muy significativo-, sigue considerándose un ideal de vida. Una reciente encuesta sobre valores ofrece datos definitivos sobre la cuestión: para el conjunto de los españoles el valor más importante es la familia y el 75% considera el matrimonio una institución de plena actualidad[4]. El ideal familiar, ciertamente, puede ser difícil de alcanzar y, por supuesto, no se puede imponer, pero se trata de un ideal al fin y al cabo; es decir, de un modo de vida que se considera hermoso y deseable. Es lícito, por tanto, hablar de crisis, pero de crisis de una entidad central y básica que sigue sustentando de modo decisivo nuestras sociedades.

 

Junto a este dato se puede constatar además la existencia de corrientes de opinión favorables a la familia. Por un lado, hay un cambio manifiesto en la actitud social. Hace algunos años la familia era, de manera nítida, un tema políticamente incorrecto. Se consideraba una institución del pasado portadora de valores periclitados cuyo derecho a la existencia era dudoso. Hoy, sin embargo, esa situación se ha modificado de manera sustancial. No sólo ya no se pone el grito en el cielo cuando las instituciones sociales hacen tímidos intentos por favorecerla sino que la demanda social de ayuda a la familia crece cada vez más. Determinados partidos políticos que hace muy poco tiempo eran sus enemigos más acérrimos, hoy se presentan como sus defensores y adalides; incluso podemos ver reportajes periodísticos y programas televisivos en los que aparecen familias numerosas presentadas de forma atractiva.

 

Otra manifestación de esta valoración creciente de la familia es la actitud de los jóvenes para quienes constituye la estructura central de su vida muy por encima de la religión, la política u otras instituciones[5]. Los jóvenes tardan en irse de la familia por muchos motivos –la vivienda, el paro- pero uno de ellos, del que quizá no se habla tanto como se debería, es por la sencilla razón de que están a gusto, se sienten queridos y por eso no les importa continuar en el hogar en que han nacido y crecido.

 

            La sociedad, por otra parte, cada vez se está dando cuenta con más profundidad del importante papel social que juega la familia en muchos aspectos como la socialización de los jóvenes o la realización de servicios sociales. Cada día que pasa se es más consciente de que es un bien para la sociedad y no solamente para los individuos que la componen. Y que, por el contrario, su debilitación siempre acaba produciendo una disminución del bienestar social a través del incremento de la delincuencia juvenil, de la inseguridad psicológica de los sujetos, de la disolución de valores morales imprescindibles para sustentar la estructura de las sociedades democráticas, etc. Hasta hace poco tiempo este tipo de problemas tendían a infravalorarse y raramente se relacionaban con la estabilidad familiar. Hoy, diversamente, se va extendiendo tanto la conciencia de su gravedad como la convicción de que si, no se logra detenerlos a tiempo, se corre el peligro de que se activen mecanismos sociales autodestructivos e irreversibles. Y, en este paisaje social, la familia aparece como uno de los elementos clave para resolverlo. Familias estables producen ciudadanos estables y familias frágiles y problemáticas producen ciudadanos inestables y socialmente descentrados. Resulta lógico entonces detectar un interés creciente por parte de las instituciones en la estructura social a la que denominamos familia.

 

En resumen, hay crisis de la familia pero también hay un resurgimiento. Y ambas fuerzas parecen poderosas y opuestas. La familia se fortalece desde un punto de vista simbólico y social pero, en la realidad de los hechos, en la frialdad de los datos estadísticos, parece que más bien se destruye y erosiona de manera imparable acosada por múltiples fuerzas disolventes. ¿Cuál es entonces su verdadera situación? ¿Cuál de estas fuerzas va a prevalecer? ¿Cómo va a evolucionar la familia en los próximos años?

 

Responder con detalle a estas preguntas es, fundamentalmente, un ejercicio de predicción del futuro que, evidentemente, no nos sentimos en condiciones de realizar. Nuestro objetivo en las páginas que siguen va a ser mucho más modesto pero esperamos que no por ello deje de ser útil. Se trata de analizar la situación de la familia que acabamos de esbozar para saber de manera mucho más exacta qué es lo que está pasando y, en la medida de lo posible, el porqué. Pretendemos analizar las raíces culturales y sociales que están detrás de esos datos para poder dar una forma y una estructura a la crisis, si es que efectivamente la hay, y para obtener los instrumentos culturales que nos permiten actuar en la línea que parezca oportuna o posible.

 

Ese análisis requiere, evidentemente, una profundización. Uno de los problemas que lastran a la realidad familiar es la frivolidad intelectual con la que algunos de sus partidarios la consideran. Con demasiada frecuencia existe una desproporción muy grande entre el generoso empeño vital que algunos ponen en construirla o en defenderla y el esfuerzo intelectual que realizan para comprenderla. La consecuencia es que muchas veces no sólo hay una falta de argumentos imprescindible para una defensa de la familia en un contexto cultural mínimamente sofisticado sino que no se sabe muy bien qué es lo que hay que defender, si realmente hay que hacerlo y cómo.

 

En las páginas que siguen vamos a intentar colaborar a colmar esta carencia proporcionando algunos elementos históricos y conceptuales que permiten un acercamiento más profundo y elaborado a la realidad familiar. Estimamos que sólo desde esa perspectiva es posible alzar la mirada y tener una visión de conjunto lo suficientemente amplia y abarcadora que permita juzgar y valorar lo que sucede.

 

En primer lugar (cap. 2) vamos a considerar la interacción entre la familia y la sociedad en la Europa de los últimos dos siglos aproximadamente y en una clave eminentemente sociológica. Básicamente, partiremos de la familia tradicional y veremos los movimientos y convulsiones sociales que condujeron a su transformación en la familia nuclear o moderna. Esta descripción, aparte de su gran interés histórico, nos va a proporcionar una clave analítica fundamental: la constatación de que la familia se transforma al interaccionar con la sociedad, que no es una realidad estática e inmutable, sino que adopta diversas formas al amoldarse a los cambios sociales.

 

            En segundo lugar (cap. 3) describiremos algunas de las principales propuestas culturales contemporáneas que se han hecho sobre la familia. Esta tarea resulta también ineludible porque esas ideas evidentemente han influido y determinado en una medida nada despreciable las actitudes de las personas, de los grupos y de las sociedades. Y sólo conociéndolas es posible entender el porqué (y a veces también el qué) de determinados comportamientos así como de la aparición o desaparición de determinados valores y costumbres.

 

Una vez realizada esta tarea, y teniendo a nuestra disposición los instrumentos conceptuales que este análisis nos haya aportado (cap. 4), será el momento de intentar analizar, estructurar y determinar lo que le ocurre hoy en día a nuestra familia. Ya adelantamos que, en nuestra opinión, es posible distinguir una doble dinámica. Ante todo existe una crisis real de la familia clásica en cuanto tal y, en el capítulo 6, describiremos tanto algunas de sus causas y motivos como su entidad y profundidad.

 

Pero no sólo hay crisis, sino también evolución. Es decir, la familia actual no sólo está en crisis, sino que se modifica. Al igual que con la aparición del urbanismo y de la industrialización dejó de ser familia tradicional y se convirtió en familia nuclear, ahora está sucediendo un proceso similar. Las nuevas tecnologías, la inserción de la mujer en el mundo del trabajo, la modificación de los roles sociales del hombre y la mujer están propiciando una modificación de la estructura familiar. Pero esa modificación no tiene por qué afectar a la estructura de la familia occidental, sino simplemente provocar un reajuste que le permita adecuarse a la nueva sociedad en la que habita. Estos cambios son los que consideramos en el capítulo 5 que, junto al capítulo sexto y último, constituye nuestro diagnóstico sobre la situación de la familia hoy en día. Si alguien dispone de poco tiempo puede saltarse los capítulos precedentes e ir directamente al diagnóstico que se encuentra en los capítulos apenas mencionados (5 y 6). Es comprensible por sí mismo aunque su significado se captará probablemente con menos profundidad.



[1] Este problema viene fraguándose desde lejos. En el lejano 1980 se planteó ya en Estados Unidos con motivo de la “White House Conference” sobre la familia propuesta por la administración Carter. Y en ese contexto se produjo ya el paso hacia la palabra “familias”. Cfr. B. Berger – P.L. Berger, In difesa della famiglia borghese, Il Mulino, Bologna 1984, pp. 86 ss. Como es fácil apreciar la importancia de esta modificación es grande porque se pasa de un concepto socialmente normativo a un concepto descriptivo.

[2] Ésta es, por ejemplo, la posición que ha adoptado el ISTAT (Instituto Nacional de Estadística Italiano) que da la siguiente definición de familia: “a efectos anagráficos se entiende por familia un conjunto de personas ligadas por vínculos de matrimonio, parentela, afinidad, adopción, tutela o por vínculos afectivos, que viven juntos y que residen habitualmente en el mismo lugar”. Y, para que no haya dudas, se concluye: “Una familia anagráfica puede estar constituida por una sola persona” (Art. 4 del Regolamento di esecuzione della legge anagrafica, D.P.R. n. 223 del 30.5.1989 en ISTAT, Indagine multiscopo sulle famiglie. Vol. 2. Famiglie, Popolazione, Abitazioni, ISTAT, Roma 1993, p. 411). El correspondiente instituto español, el INE, de manera mucho más lógica, califica a esta entidad como hogar

[3]Cfr. G.H. Elder, Family History and the Life Course, in T. Hareven, Transitions: The Family and the Life Course in Historical Perpective, Academic Press, New York 1978. J. Bernardes, Multidimensional Developmental Pathways: A proposal to Facilitate the conceptualisation of “family diversity”, «Sociologial Review», 34, 3 (1986).

[4] Cfr. F. A. Orizco y J. Elzo (dir.). España 2000, entre el localismo y la globalidad. La Encuesta Europea de Valores en su tercera aplicación, 1981-1999, Universidad de Deusto-Fundación Santa María, Madrid 2000.

[5] Algunas indicaciones interesantes sobre esta relación se encuentran en E. Martín López, Padres light, Rialp, Madrid 1992.

Publicado el 19/5/2017 en ARTÍCULOS

         

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