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PASAR POR TONTO

         

Todavía, y gracias a Dios, oigo en la boca de muchas madres la misma queja que escuché durante años en los labios de la mía: "Me tratáis como si fuera vuestra esclava".

Tengo la impresión de que quizá esta condi­ción de "esclava de sus hijos" ha sido la mejor corona, y el mejor pasaporte para llegar al cielo, aparte de otras escondidas gracias de Dios -que suelen ser más abundantes de lo que a primera vista se piensa- y que yo desconozco.

 

En labios maternos, esa frase es apenas un reproche. A mí se me asemeja más bien a una llamada de aten­ción. Las madres necesitan a veces subrayar a sus hijos que saben bastante más de la vida de lo que ellos se su­ponen. Y uno de los mejores cauces para hacerlo notar es la declaración de que si se dejan tratar como "escla­vas", si están decididas a "pasar por tontas", lo hacen con plena conciencia y conocimiento, y no porque se lo imponga nadie, ni nada más que el amor a sus hijos.

 

Y con las madres, tantas otras personas inteligentes, agudas, ingeniosas, trabajadoras, sacrificadas, ricas y pobres, descubren la sabiduría de amor encerradas en ese diario "pasar por tontos", pensando en el bien y en la alegría de los demás.

 

Ese modo sencillo y escondido de actuar lo he visto, a lo largo y a lo ancho del vivir, llevado a la práctica de mil maneras distintas. En la múltiple diversidad de for­mas, siempre me ha conmovido; y he descubierto des­pués, con el correr de los años, una multitud casi infini­ta de personas que son felices, y que procuran dar al­gún contento a los demás, "pasando por tontos", sin im­portarle nada de lo que puedan pensar sus conocidos y amigos. Si acaso les puede preocupar únicamente la incapacidad que manifiestan esas personas, al no conse­guir desentrañar la grandeza oculta en gestos tan hu­mildes, que llegan a ser humanos porque ya son divi­nos.

 

La lista es prácticamente interminable; y no nos que­da más remedio que contentarnos con una muestra bien limitada.

 

Quien perdona primero, sea cual sea la ofensa reci­bida, sin darle mayor importancia a cuestiones de hon­ra, de poder, porque el amor está por encima de todo. Quien da el primer paso para arreglar cuitas y entuertos con un amigo, antes de considerar rota una amistad en­raizada quizá desde los albores de la infancia. Quien sa­le al encuentro de otro ser humano, un amigo, para fa­cilitarle una rectificación honrosa y digna, sin obligar a nadie a "morder el polvo", colocándole sin remedio ni escapatoria entre la espada y la pared.

 

La madre siempre al servicio de toda la familia, que casi se enrojece -por muy alto que grite su derecho a serle reconocido- al reclamar un trato más cariñoso y amable de su marido y de sus hijos, y una ayuda más decidida en la gestión del hogar.

 

El profesor que sabe aguantar tranquilamente las primeras escaramuzas nerviosas de sus alumnos, deján­dose tomar aparentemente el pelo para recuperar des­pués su autoridad en el momento oportuno y del modo más conveniente.

 

El médico dispuesto a soportar impertinencias de al­gunos pacientes que parecen haber entrado en propie­dad de un derecho inexistente: el de no morirse nunca; y de otros enfermos que esgrimen a menudo un curioso derecho -convertido casi en ley constitucional- a ser cu­rado siempre y de la mejor manera posible, sin sufrir, y sin que le dejen la mínima cicatriz.

 

Pero no sólo los médicos, también muchos enfer­mos "pasan por tontos": no se quejan y guardan para sí su angustia, cuando les toca sufrir malos tratos del per­sonal sanitario -que no siempre en la vida se consigue estar de buen humor-, o padecer equivocaciones del médico, y hasta sonríen compasivos, al contemplar los agobios del doctor en el denodado esfuerzo de reme­diar de alguna manera sus yerros.

 

Es corriente considerar "tonto" a quien deja camino libre a los coches que circulan por su derecha, sin en­garzarse nunca en inútiles cuestiones de precedencia; a quien no avasalla y pone su gozo en hacer pasar un buen rato, o en donar un buen servicio, a los demás.

 

Y la relación prosigue. Cualquiera diría que "pasa por tonto" el negociante que no trata jamás de engañar a los clientes; que no da mercancía falsificada o que no está dispuesto a aumentar el peso del arroz mantenién­dolo un cierto tiempo en lugares húmedos; que tiene paciencia para ir ganando paso a paso el sustento - de cada día, y no anhela enriquecerse de golpe utilizando los más sutiles subterfugios a su disposición; que prefie­re, en definitiva, la buena cultura del trabajo a la estafa­dora y manipuladora cultura del "pelotazo", y mil per­dones por la palabra, que no me gusta nada.

 

Esta breve reseña podría ser enriquecida con quie­nes tienen confianza y se fían de los demás; con quie­nes no ven en todo momento un doble sentido en lo que se les narra, ni sospechan ocultas intenciones en cualquier gesto de un desconocido; con quienes elegirían incluso ser engañados alguna vez, antes de dudar por sistema de las palabras de todo el mundo; con quie­nes deciden no aprovechar una ocasión propicia y be­neficiarse a costa de perjudicar a otros; con quienes se arruinan pagando los gastos de las enfermedades de su; hijos.

 

Cuando leo la lista de las Bienaventuranzas, se me ocurre pensar que es difícil para un hombre honesto no pasar, alguna vez en su vida, "por tonto". Y, de otro la. do, ¡ay, de quien no haya "pasado por tonto" en más de una ocasión¡ Los mansos, los pacíficos, los que sufren persecución a causa del bien que hacen, los que tienen hambre y sed de justicia, los que lloran, los buenos samaritanos, los limpios, puros y pobres de corazón...; todos, uno a uno y en bloque, serían considerados ridículos, retrógrados, incapaces de entender "por donde va la vida".

 

            He hablado hace poco con una de estas personas, ya en sus noventa años, que ha” pasado por tonta” toda su vida. Está contentísima de haberlo hecho, y ya sólo espera que la misma sonrisa serena y apacible que le ha acompañado a lo largo de su vida, le lleve a descubrir la sonrisa de Cristo: “Que Él también, por nosotros, ha “pasado por tonto”, me dijo, y no nos lo ha echado en cara”.

 

Juliá Díaz, E. (1997). Pasar por tonto. En Juliá Díaz, “El latir de las horas”, (pp. 97-100), Sevilla: Guadalquivir.

Publicado el 29/5/2017 en TESTIMONIOS

         

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