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MATRIMONIO, ECONOMÍA Y EDUCACIÓN. AQUILINO POLAINO Y PABLO A. CARREÑO

         

La coordinación es el proceso organizativo más complejo y costoso que existe. Es complejo en la medida que exige de las personas empatía, afán de colaborar, idea clara de la meta común, amplitud de miras, en definitiva, madurez y capacidad de servicio. Es costoso en tiempo para la comunicación y el acuerdo, además de suponer un riesgo constante de fricción personal.

CONTIGO, PAN Y CEBOLLA

La coordinación es el proceso organizativo más complejo y costoso que existe. Es complejo en la medida que exige de las personas empatía, afán de colaborar, idea clara de la meta común, amplitud de miras, en definitiva, madurez y capaci­dad de servicio. Es costoso en tiempo para la comunicación y el acuerdo, además de suponer un riesgo constante de fricción personal.

La familia, como estructura bicéfala que es por naturaleza, tiene que fiar cons­tantemente de la coordinación entre marido y mujer. Es un esfuerzo diario con alto coste personal y sin tener, en gran parte de los casos, la garantía de una mí­nima madurez.

Esta realidad se agudiza en los primeros años en que el enamoramiento no ha dado paso al amor y, en consecuencia, el egocentrismo es el trono desde el cual cada uno actúa en relación al otro. Además, todos los asuntos son nuevos, aún no hay historia, canon, ni decisiones «pret a porter» ni acuerdos globales en los que apoyarse. Faltan pautas, institución y cultura familiar.

Para solventar esta situación hemos apuntado anteriormente la necesidad de organización, de reparto de tareas y de fijación de reglas de juego.

El problema habitual consiste en que cuando esta realidad se comprueba es ya un poco tarde y el acuerdo sobre la organización no es tan sencillo.

Las posiciones que cada una de las partes ha conquistado en «río revuelto» de­jan de ser materia negociable.

Convencer a unos novios o recién casados de que tienen que prever los futuros problemas y discrepancias es como pedirles un acto de «fe pura». Lo que ocurre a los matrimonios consolidados que les rodean son para él o ella algo inconcebi­ble desde el «amor perfecto que les embarga».

Esta ceguera temporal producida por el enamoramiento es más acusada habi­tualmente en el hombre que, contra la opinión popular, suele ser más romántico y abierto que la mujer. Ésta, a causa de una socialización más defensiva, en la que ha tenido que «jugar a negras», suele adoptar posiciones más pragmáticas y a corto plazo.

Sí a esta realidad inicial añadimos que en la cultura occidental, al menos católica-latina, hablar de dinero es en general un síntoma de mala educación, tendremos como conclusión que en el aspecto de la administración de los recursos económicos familiares todo se deja a los hechos consumados y la improvisación.

Una de las primeras cosas que hacen los recién casados, tras el viaje de no­vios, es poner todo en una cuenta conjunta. Este es el sustituto del antiguo «en­tregar el sobre». Con este acto simbólico-práctico se supone el problema resuelto.

 

CARIÑO, YO NO HE NACIDO CASADO

Toda asociación humana se fundamenta por definición en unos logros u obje­tivos comunes, que serían imposibles o muy difíciles de alcanzar por cada uno de sus miembros.

Todo logro supone un precio que hay que estar dispuesto a pagar si se quiere el objetivo.

En el mundo de lo social, «la moneda» con que se pagan los beneficios de la asociación es la libertad personal. Una persona que hasta ayer era libre de decidir a qué hora levantarse, hoy, tras entrar en una empresa para obtener unos objetivos personales, ya no puede decidirla, ha renunciado a ese dere­cho, al menos mientras mantenga su interés por permanecer en su puesto de trabajo.

El elemento esencial de este trueque de libertad por objetivos personales está en la cantidad y naturaleza de la libertad personal que se debe «pagar».

Es evidente que uno no entrega su libertad, sino sólo algunos aspectos de su capacidad de decisión. Lo contrario es esclavitud.

La libertad que es necesario «entregar al grupo» no es algo arbitrario, ni algo decidido por el propio grupo, sino la mínima indispensable para el logro de los objetivos comunes que fundamentan el hecho de asociarse.

Por tanto, las personas se agrupan para el logro de los objetivos que no pueden alcanzar solos, cediendo a cambio aquellos ámbitos de libertad que son impres­cindibles para la obtención de dicho logro común.

El matrimonio y la familia, por muy connaturales con el ser humano sean, por muy básicos que aparezcan para la vida social, por mucho que los cristianos cre­amos que está instituida por Dios mismo, no deja de ser un grupo humano some­tido a sus propias reglas de funcionamiento.

Por ello hay que afirmar que no debe apropiarse de aquellos ámbitos de la li­bertad humana que no sean imprescindibles para sus fines básicos.

La persona que se casa o nace en una familia, antes que esposo, esposa, hijo o pa­dre, es persona libre y soberana que debe ser respetada por los otros en su autonomía. Y no olvidemos que cuando a una persona se le «esclaviza» en lo económico, como consecuencia, se anula una buena parte de su libertad operativa.

Por ello hay que concluir que marido y mujer deben mantener un ámbito per­sonal razonable, dentro de las posibilidades familiares, de autonomía económica. Para que nos entendamos: dentro de los recursos globales de la familia cree­mos que es importante realizar una primera clasificación entre recursos para la familia y recursos para los miembros de la familia.

Lo contrario atenta contra la dignidad de cada uno, es importante fuente de frustración y suscita sentimientos de claustrofobia y conflicto con efectos más o menos retardados.

Ver a una mujer que para todo tiene que pedir dinero a su marido, que no puede planificar, decidir, mantener en un ámbito de discreción sus necesidades individuales es lamentable, genera falta de estima propia, irresponsabilidad personal y dejadez en las obligaciones para consigo misma y para con los demás.

Ver a un hombre -y esto es aún más frecuente- sin autonomía para sus rela­ciones de amistad, pidiendo a su mujer «dinero para tabaco» y «gorroneando» a los amigos es igual de triste y, además de los efectos anteriores, suele generar, una triste imagen que, además, termina grabando sobre su futuro profesional y, por tanto, en su propia familia.

El marido y la mujer tiene que ser los grandes defensores de la autonomía per­sonal «del otro» por propio interés personal, porque esto es importante para la sana vida familiar.

 

VIVIR, CONVIVIR Y SOBREVIVIR

Que los bienes son siempre escasos es una realidad evidente. Que, por tanto, deben ser administrados es una consecuencia lógica. Que además es bueno que así sea es una afirmación que puede parecer excesiva o incluso algo «sádica» para quien esté carente de fe y de un cierto olfato histórico.

Desde la fe es necesario pensar que Dios no hace nada malo. Desde la historia es fácil observar que las culturas opulentas han coincidido con los máximos ni­veles de degradación humana y han tenido un final triste y traumático.

Por ello, administrar bien los recursos escasos, además de una necesidad en la mayoría de las familias, es una medida saludable para la persona y la familia, aun­que no tengan límites materiales al consumo. La sobriedad es siempre una virtud, y una virtud natural al ser humano sin la cual la persona no madura correctamente.

Es necesario que todo matrimonio, a la hora de enfocar las «reglas de juego» en la administración de los recursos familiares, atienda a esta realidad contem­plando una triple necesidad de la familia.

En primer lugar, la familia, como cada persona y cada grupo, tiene que estar atenta a las necesidades presentes. Necesita comer, vestirse, educarse, pagar im­puestos, cambiar la lavadora, etc.

Creemos que la administración de los recursos necesarios a este fin requiere de la visión a corto plazo, maniobrabilidad, atención a los detalles y sensibilidad por el dinero.

Si queremos se consecuentes con lo dicho anteriormente, este es un rol que responde a las características usuales de lo femenino. Además, estos recursos es­tán relacionados directamente con las funciones naturales del «ama de casa».

Cuando las circunstancias lo permiten, creemos que el nivel de autonomía, especialmente en el caso del ama de casa tradicional, deber ser total, para permitir el mayor nivel de autoestima personal y funcional posible, así como el máximo nivel de corresponsabilidad familiar.

Uno de los riesgos de no tener las reglas claras consiste en la posible infanti­lización del marido o la mujer por falta de responsabilidad sobre los recursos familiares.

En segundo lugar, la familia tiene que reservar parte de sus recursos para obte­ner una cierta seguridad en el futuro y para permitir grandes «inversiones».

 

Siendo también coherentes con las cualidades diferenciales que la psicología nos aporta, hay que apostar por la visión a largo plazo, la apertura al futuro o el enfoque creativo y visionario de lo masculino a la hora de administrar los aho­rros familiares.

Téngase en cuenta que la administración de este tipo de necesidades, además de «visión panorámica», requiere una capacidad de asumir riesgos que en la mu­jer no es habitual.

Los recursos necesarios para las relaciones del matrimonio o la familia como tal no exigen la presencia de cualidades específicas. Empíricamente se puede comprobar, no obstante, que el hombre suele ser más generoso en funciones de «relaciones públicas» que la mujer, aunque con riesgos similares en uno y otro de pasarse por derrochador o tacaño.

En principio parece ilógico que éstos sean administrados por el cabeza de fa­milia. Ya hemos apuntado con respecto a esto que, por razones históricas, cultu­rales, antropológicas y hasta bíblicas, creemos que este rol debe corresponder al hombre.

Antes de concluir estas ideas nos gustaría hacer algunas observaciones gene­rales:

  1. Dirigir como administrar no es «un poder que se ejerce sobre...», sino «un servicio que se presta a...». El que dirige o administra algo es alguien responsable ante el otro, que informa y pide opinión, pero que, por necesidad de la vida, puede «decir la última palabra» en su ámbito concreto de autoridad cuando lo crea ne­cesario.
  2. Además, hay que tener en cuenta que la organización no anula la necesi­dad de acuerdo del padre y la madre en aquellas decisiones que pueden afectar gravemente a la familia o al matrimonio.
  3. La distribución de roles comentada es válida en la mayoría de los casos, pero como todo en la vida tiene excepciones porque cada persona es «un mundo» y, en consecuencia, cada matrimonio «dos mundos en relación», únicos e irrepetibles.
  4. La planificación y distribución de recursos no exige, por supuesto, sepa­ración material de los mismos.

 

Los cuatro puntos anteriores los hemos hecho explícitos con la intención de evitar interpretaciones equivocadas a quienes puedan crisparse cuando esto se aplica a la familia.

 

Pensamos que si algo necesita racionalidad y hasta «frialdad» es precisamente aquello que por definición tiende a ser «irracional» y básicamente emotivo.

 

 

ESCASOS PERO SUFICIENTES

 

Todos estaríamos dispuestos a afirmar que la administración correcta de los bienes es una faceta de los procesos educativos.

Algunos, además, caemos en la cuenta de que esta faceta de la educación no es sólo una más, sino que se erige en un buen campo de aplicación de otros as­pectos más importantes en los procesos socializadores y educadores.

Un correcto planteamiento en este campo puede convertirse en catalizador de virtudes tan importantes como la generosidad, la sobriedad y la prudencia. Ade­más es un magnífico «banco de pruebas» del ejercicio del binomio libertad-res­ponsabilidad, que es, en definitiva, el fin instrumental de toda educación.

Para que esto sea así hay que tener en cuenta los siguientes principios:

  1. A los niños, a partir de cierta edad (no mucho más tarde de los ocho años), hay, que empezar a enseñarles a administrar dinero.
  2. Hay que enseñarles desde un principio que ese dinero tiene una triple fina­lidad: vivir, convivir y ahorrar. Al principio es necesario «exigir» el ejercicio de la generosidad con los her­manos y el ahorro. Es bueno enseñarles que dediquen aproximadamente un ter­cio para cada cosa. Con el tiempo el niño se lo va autoexigiendo. A determinadas edades (18-20 años) una forma de responsabilizarle consiste en encargarle de «la paga» de un hermano pequeño.
  3. «La paga» debe ser escasa pero suficiente, para fomentar la sobriedad y hacer del ahorro y la generosidad algo costoso. Los padres deben «hacerse cargo», ya que lo que para ellos es una minucia para su hijo pequeño puede ser excesivo dinero.

4.   Para educar en la planificación y la responsabilidad hay que evitar «ex­trapagas» o dar dinero al niño «a la carta», es decir cuando lo pide para un fin concreto. No se debe dar al niño dinero para salir hoy, o para el cine, sino darle pun­tualmente (normalmente cada semana) una cantidad para él.

5.    Los padres deben hacer un esfuerzo en tomar la iniciativa, acordarse de darlo cuando corresponde y sólo en ese momento. Esperar a que el niño lo pida es acostumbrarle a vivir bajo el lema «quien no llora no mama».

6.   Por supuesto sólo uno de los padres da el dinero y el niño sabe desde un principio que no puede esperar nada del otro. El matrimonio, cara a los hijos, debe ser un bloque indisoluble que actúa como tal, y no como «papá por un lado y mamá por el otro».Lo contrario priva al niño de uno de sus bienes más preciados, la seguridad. Además se le acostumbra a manipular a sus padres para sacar provecho e inten­tar «tomar el pelo» a los dos.

7.    Ni se premia con dinero, ni se paga a los hijos. Cuando conviene premiar por algo, se hace a posteriori y mediante regalos, nunca con promesa-chantaje y con dinero.

Los servicios al padre y a la madre, o a la familia en general tampoco deben ser recompensados individualmente. Pagar al niño por regar el jardín, recoger la mesa o hacer la compra supone, por un lado, hacerle que se sienta alejado de las responsabilidades familiares y, por otro, enseñarle a actuar por razones egoístas. Los premios se hacen a destiempo, de forma gratuita, porque a papá y mamá les ha apetecido hoy hacerme un regalo.

EL MEJOR REGALO DE REYES

Cuando nació mi primer hijo, el pediatra de la Clínica me dijo al salir de la ha­bitación: «Convéncete, los recién nacidos antes que por comer, engordan y cre­cen por dormir».

De igual modo cabría decir que la educación de un niño y la felicidad de una familia está fundamentalmente en la sensación de seguridad que sean capaces de proyectar los padres.

Esa seguridad se consigue por la triple vía de tener un proyecto familiar y educativo, aunque sea equivocado, evitar la esquizofrenia entre valores transmi­tidos y valores vividos y finalmente, huir de la más mínima fuga al exterior de los problemas o desacuerdos matrimoniales.

Los requisitos primero y tercero sólo pueden apoyarse en dos actitudes básicas entre marido y mujer:

 

1.   Máxima comunicación constructiva entre ellos. Decimos constructiva por­que no es cierto que de «la discusión salga la luz»; de la discusión sólo sale el amor propio, la actitud defensiva y la ofensa. Comunicación constructiva al final consiste en la encarnación de esas reglas de juego, ese reparto de papeles y ese diseño programático para un proyecto compartido: la familia.

2.   Disciplina personal para no saltar a destiempo, bien delante de los hijos o ante extraños. En la trastienda se discute lo que se quiera, pero en el escenario uno dice y el otro, aunque le repugne, en ese caso concreto, tiene la misión de apoyar, de cu­brir al que está actuando, por el bien de los hijos y por el bien del matrimonio. Si los hijos necesitan tanto de seguridad como de la comida, los padres nece­sitan sentirse apoyados sin que en el exterior se vea su intimidad, su imagen o sus errores.

 

 

POLAINO, A. y CARREÑO, P. A., “Matrimonio, economía y educación”, en POLAINO, A. Y CARREÑO, P. A., Familia: locura y sensatez, (pp. 127-134). Madrid: Editorial AC, 1992, pp. 127-134

Publicado el 26/5/2017 en ARTÍCULOS

         

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