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LA SORPRESA QUE VIENE DE DIOS. ERNESTO JULIÁ DÍAZ

         

Del nacimiento ocurrido en aquel pesebre medio abandonado no quedó reseña alguna en los anales del gobernador de Palestina. Y era lógico. El nacer de un niño en un muladar de los alrededores de la pequeña ciudad de Belén, no merecía mención especial; no tenía ninguna característica que le hiciera dejar de ser inadvertido.

Del nacimiento ocurrido en aquel pesebre medio abandonado no quedó reseña alguna en los anales del gobernador de Palestina. Y era lógico. El nacer de un niño en un muladar de los alrededores de la pequeña ciudad de Belén, no merecía mención especial; no tenía ninguna característica que le hiciera dejar de ser inad­vertido.

 

Los oráculos, de otra parte, no habían hecho ningu­na referencia a acontecimientos extraordinarios que es­tuviesen a punto de acaecer; y aunque los astrólogos hablaban del posible paso de un cometa, ni a la imagi­nación más rica se le ocurrió relacionar el movimiento del astro con un pesebre.

 

La paz de Augusto, quizá uno de los logros políticos verdaderamente notables en la historia de los hombres, estaba enraizada con firmeza en los pueblos del Medite­rráneo -Mare nostrum— y con visos de ser eterna. Ro­ma, engalanada con habitantes de todo el orbe enton­ces conocido, soñaba viéndose ya la puerta del paraíso. Pekín, a muchos miles de kilómetros de distancia, se adormecía también en sueños de gloria semejantes. Ro­ma y Pekín se desconocían. Y tendrían que pasar toda­vía siglos para que supieran algo la una de la otra.

 

Varrón, Virgilio, Cicerón, los Escipiones, Cayo, Ovidio, y tantos otros nombres ilustres habían asentado la cultura, las costumbres sociales y políticas, los ejércitos, los tribu­nales, y habían conseguido ordenar el conjunto del vivir de los hombres sobre la tierra, en un sin fin de pormeno­res. Parecía que la historia humana en tomo al Mare nos­trum, de alguna manera, hubiera ya alcanzado su cenit.

 

El hombre dominaba la tierra, y gobernaba con idéntico poder a los dioses de todas las naciones, bien instalados cada uno en los Foros romanos. Las divinida­des nacían y morían, crecían y menguaban regidas por la imaginación de los poetas, según fuera el servicio asignado que debían prestar, unas y otras, a los desig­nios de grandeza del Emperador romano. Cultura y po­lítica, refrendadas por el derecho, y sostenidas por los ingenieros y las milicias romanas: el mundo del hombre acababa ahí. No se veía razón para ir más allá; y tampo­co motivos suficientes para ni siquiera intentarlo. Non plus ultra.

 

Sin solicitar ningún tipo de permiso especial al Em­perador, y sin tener muy en cuenta sus planes, el sol continuaba levantándose cada día en los horizontes del Este, en un anuncio velado de que había un buen nú­mero de detalles en el universo sobre los que el hom­bre apenas tenía nada que decir, y mucho menos que determinar. Las cosechas germinaban a sus ritmos, en los lugares y tiempos oportunos; las sequías y las lluvias se sucedían, con apenas variaciones notables, desde tiempo inmemorial. El hombre no era el dominador universal, aunque ni él mismo estuviera convencido de no serlo.

 

Unos solitarios en los límites del desierto, allá en los confines del Mare nostrum, continuaban aclamando a Alguien, y rogándole que diese una orden: "Oh cielos, derramad vuestro rocío, y lluevan las nubes al justo. Abrase la tierra, y brote el Salvador, y nazca con Él la justicia”. Sus palabras sonaban un poco roncas y cansi­nas, como llenas de una "esperanza-contra-toda-espe­ranza-, y se perdían en el eco de las montañas dejando apenas rastro en pocos corazones. Quizá no eran muy conscientes de lo que decían; no por eso dejaban de re­citar las salmodias, de las montañas bajaban al mar, y se perdían.

Parecía que el hombre estaba solo, dueño de su tierra. De su historia; como seguro de haber respondido a todas las preguntas sobre su existir. Parecía que los hombres habían aceptado el convertirse en esclavos de Augusto, y no sabían -ni daban muestras de tener dese­os ardientes para lanzarse a la aventura-, encontrar el camino para liberarse de tantas ataduras.

 

Parecía, parecía, parecía... La sonrisa y el llanto de un Niño desbarata todas las apariencias, y echa por tierra los cálculos de poder político y cultural más exactos y terminados. Dios, Uno y Trino, que ya había comenza­do a poner en marcha el caminar del hombre sobre la tierra, se introduce de nuevo, y de manera insospecha­da, en la morada de los hombres, con el deseo de parti­cipar de lleno y personalmente en su aventura.

 

Cristo nace "fuera" de cualquier ciudad, la organiza­ción humana por excelencia, sencillamente porque no pertenece a ninguna ciudad. Nace en el tiempo, en 1a "plenitud del tiempo", y de alguna manera fuera de la historia. Sin dejar de ser judío, y descendiente de David, no formará parte de ninguna nueva dinastía, de ningu­na cultura, de ningún proyecto político. Su vida jamás será medida por el tiempo.

 

Ningún hombre, ni ángel, pudo haber inventado es­te Nacimiento, que celebramos en Navidad, como últi­mo acto de una comedia, o para cubrir un hueco deja­do al descubierto en un ambiente cultural ya estableci­do y asentado. La Trinidad, Dios Trino, no es ni alcan­zable ni imaginable, por la mente del hombre; y tanto menos, el que la Segunda Persona de Dios Creador, se haga también, sin dejar de ser Dios, criatura.

 

Es cierto. El nacer de un Niño en Belén, que afirma de Sí, y lo anuncian también los Ángeles, que es el Hijo Único de Dios, no entra en el cálculo ni en los proyec­tos, de ninguna organización política, cultural, benéfica, y se resiste a ser utilizada por cualquier poder en el mundo.

 

A1 recibir las primeras noticias de la aparición en la tierra de este Niño, Augusto, el poder, en la persona de Herodes, se sorprendió y, sin tomarse más tiempo para reflexionar con calma, lo declaró su "enemigo", y dio la orden de aniquilarlo, de "borrarlo de la historia".

El hombre reclamaba en exclusiva el dominio sobre la tierra, y maravillado quizá de la debilidad de la pre­sentación de Dios, pensó tarea fácil prescindir de este Niño, y convertirlo en un no-nacido más.

 

Esta "maravilla" fue el origen de su envalentonarse y de su fracasar. Ante un enemigo a su medida, con centurias, caballerías, lanzas, flechas, Herodes, Augusto, el Poder, sabía cómo medirse. buscarle el flanco débil y preparar una sorpresa. Ante un Niño, ¿qué hacer? Y, además, ¿qué autoridad en la tierra sostenía el dere­cho del recién nacido a permanecer allí? ¿Acaso algún acontecimiento sobre la faz de la tierra podía estar lejos de las atribuciones del poder político?

 

Retorna un año más la celebración de la fiesta de la Navidad, en recuerdo del nacimiento de este Niño. Bien visto, no es un retorno, porque desde entonces "Dios hecho criatura" nunca deja de estar presente en el vivir de los hombres, en el corazón de su historia. Y los hombres continuamos maravillándonos ante esta "sor­presa que viene de Dios", y que sólo Él ha podido ima­ginar y llevar a cabo.

 

Los Augustos, los Virgilios, los Varrones, los Cayos, los Cicerones, los Escipiones, los Ovidios de cada épo­ca han programado en exclusiva sus planes de dominio político, cultural, jurídico, militar, del mundo, y han permanecido vigilantes para aniquilar a cualquier posi­ble "enemigo", que los pudiera estorbar. Los enemigos y ellos han pasado.

 

El Niño, "la sorpresa que viene de Dios", sonríe en son de paz, y permanece siempre.

 

Juliá Díaz, E., “La sorpresa que viene de Dios”, en JULIÁ DÍAZ, E., Desde la Ribera, Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1997, pp. 15-22

Publicado el 26/5/2017 en ARTÍCULOS

         

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