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LA PENA DE AMAR. ERNESTO JULIÁ DÍAZ

         

"Nada hay más arriesgado que el amor, nada hay más desilusionante que el amor, nada hay más sublime y gratificante que el amar". Continúo el argumento de las páginas anteriores, bien convencido de la casi imposibilidad humana de desentrañar la inefable realidad qué se encierra en una palabra tan breve y sencilla de pronunciar: "amar".

"Nada hay más arriesgado que el amor, nada hay más desilusionante que el amor, nada hay más sublime y gratificante que el amar". Continúo el argumento de las páginas anteriores, bien convencido de la casi impo­sibilidad humana de desentrañar la inefable realidad qué se encierra en una palabra tan breve y sencilla de pronunciar: "amar".

 

Amar es una palabra tan grandiosa como peligrosa. Peligrosa e indefinible. En esas cuatro letras se encierra tanta riqueza de matices y de contenidos, que cuando ama el ser humano se encuentra como llevado por co­rrientes de vida superiores a él, por voces interiores que le empujan a seguir un camino que se ha encontrado improvisamente abierto; a no cejar.

 

El amar despliega ante nosotros como un abismo del que ni siquiera vislumbramos los límites, donde nos adentramos libremente y, a la vez, convencidos de que debemos hacerlo, sin preocuparnos demasiado de cuál será el final de la aventura. ¿Quién osará impedir a una madre amar a sus hijos, se porten como se porten, in­cluso si la llevan a juicio, y pretenden hacerse con la herencia del padre?; ¿puede haber un obstáculo en el camino de un hombre hacia la mujer amada?; ¿qué fuer­za conseguirá evitar que el corazón del hombre se en­cienda en amor a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo?

 

No son pocos los que desean vaciar de contenido esta palabra tan frágil como breve. Amar es un reto con­tinuo a la personalidad, al carácter de cualquier ser hu­mano. Hay quienes no saben amar, hay quienes no de­sean amar; quizá porque no arriesgan la libertad de comprometer todo su ser. Cuando se ama, uno no puede dividirse: se ama con la inteligencia, con la cabeza, sin dejar de amar con todo el corazón.

 

El amar envuelve y compromete al ser humano en su totalidad, y es en el centro vital de la persona donde el movimiento del amar se origina. Con la cabeza ape­nas conseguimos apreciar, admirar, y llegamos si acaso hasta extasiamos. Cuando damos el paso siguiente, y el corazón y el espíritu van al unísono, dejamos de ver desde fuera a la persona amada, y comienza una vida nueva.

 

La tradición cristiana afirma una y otra vez, con to­nos distintos a través de los siglos, que Dios es amor, que Dios creó el mundo por amor, que Dios envió a su Hijo, Jesucristo, por amor. Siempre el amor como un donarse, como un regalo continuo de algo propio a; otros seres, como hacer participes a seres creados de al­gún bien. En este caso, para hacerles, precisamente, compartir su propio amor, conscientes de que el partici­par es el mayor don que se les puede ofrecer.

 

Amar exige abrir plenamente el fondo del espíritu a otras personas, y llevar después en el centro del alma todas las consecuencias; amar comporta aceptar la inva­sión de todo nuestro ser, hasta en su intimidad más re­cóndita, de la persona del otro. A1 amar, ya nada nos pertenece en solitario, ya nada queda a disposición úni­camente de nuestro propio arbitrio; hemos vinculado li­bremente nuestra libertad en las manos de otro ser hu­mano, en quien hemos depositado toda nuestra con­fianza, toda nuestra complacencia, como Dios Padre hi­zo con Dios Hijo en el bautismo en el Jordán; que es en el amar cuando mejor reflejamos la imagen y la seme­janza de Dios que somos.

 

En el amar nos vinculamos en un compromiso que incide en todo nuestro ser y vivir. El amar nos transfor­ma, se convierte para nosotros en una segunda natura­leza, modifica nuestro actuar desde el momento preciso en el que la novedad de la otra persona irrumpe en nuestra intimidad. Y aquí comienzan las alegrías y las penas del amar.

 

Las alegrías del amar, aun siendo a veces menos aparentes, son más llevaderas y fáciles de retener en la memoria; y quizá por eso llegamos a olvidarlas. Es lo esperado; es la correspondencia a la generosidad que todo amor, que todo verdadero amar, lleva consigo. El amar nunca es egoísta. Y esto, tanto en el amor humano como en el amor divino.

 

Las penas inciden en el espíritu de otra manera: "Mi pena es muy mala, /porque es una pena que yo no qui­siera/ que se me quitara". Manuel Machado acierta en la expresión, porque la pena del amar es siempre actual, no abandona nunca el espíritu amante, y su herida es más difícil de cerrar.

 

No todas las penas del amar son idénticas. Hay pe­nas de quien sufre por no haber recibido respuesta a un gesto generoso de amor ofrecido. Penas llevadas en si­lencio, en soledad, porque se sabía sin derecho a exigir ninguna correspondencia. El ofrecimiento del amor es gratuito; ya en el dar se llena el alma aunque el don sea desechado. Si acaso, el gozo retoma al alma cuando el don es recibido por el bien que comporta para el ser amado.

 

Hay otra pena de amar que nace al ser malentendi­do el gesto de donación. No todo ser humano tiene ca­pacidad para recibir con corazón grande el amor de otra persona. La sombra y la cercanía de la desilusión amenazan con llenar de amargura el espíritu. ¿Se desilu­siona, de verdad, alguna vez quien ama? Se apena quizá al no poder continuar donándose a la persona amada, como una madre que se ve desechada por sus hijos, o una esposa por su esposo, o un hombre por su mujer.

 

Y sin embargo, la gran pena de amar no surge de la no-correspondencia, de la no-aceptación: proviene, por el contrario, del mismo amar correspondido. Nunca amamos hasta el límite de nuestro ser; nunca amamos cómo y en la medida que nuestro corazón nos pide en servicio del amado; nunca el verdadero amante queda satisfecho con el don de sí mismo que hace a la perso­na amada. Nunca alcanzamos a amar como la cabeza nos sugiere, el espíritu nos aconseja y el corazón nos exige­.

 

El dolor de amar radica en no poder volcar un alma en otra; en no poder acompañar en las penas a la persona amada; en no conseguir ahorrarle dolores, sufri­mientos; en no llegar a transmitir del todo las propias alegrías. Quizá es en el amar donde el hombre alcanza una conciencia más clara de sus propios límites.

 

Una madre conoce bien esa profunda, e incomparti­da, pena de amar, cuando sufre al vivir la enfermedad de un hijo, y se ve a sí misma, en esa lógica que sólo el amar consigue descubrir, causante inocente de la enfer­medad que asola el cuerpo y el espíritu de su hijo. Cau­sante inocente, o causante culpable en el origen, como fueron las lágrimas de una mujer poco antes de morir de Sida, al recibir la noticia de que su hija recién nacida llegaba al mundo ya infectada.

 

Y llamo amor al único que lo es verdaderamente. Ese amor de amistad que anhela solamente el bien de la persona amada; y que por ella "lo comprende todo, lo soporta todo, es paciente, no piensa mal". Un amor que se vive, se comparte, se sufre, se goza, hasta la muerte, hasta la eternidad.

 

JULIÁ DÍAZ, E., “La pena de amar”, en Juliá Díaz, E.,  Desde la Rivera, Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1997, pp. 129-132

Publicado el 26/5/2017 en ARTÍCULOS

         

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