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LA FAMILIA COMO LUGAR DE EXISTENCIA. Juan Manuel Burgos

         

La familia es el lugar de las raíces personales. Gracias a ellos sabemos quienes somos, de donde venimos y cuál es nuestra conexión con el resto de la humanidad de la que evidentemente nos sentimos solidarios. Las raíces familiares se reflejan de una manera clara en nuestro nombre que es nuestra identidad social.

La gran importancia de la familia en la vida adulta de las personas se pone de manifiesto al menos en los siguientes ámbitos.

 

a) El lugar de las raíces

La familia es el lugar de las raíces personales. Gracias a ellos sabemos quienes somos, de donde venimos y cuál es nuestra conexión con el resto de la humanidad de la que evidentemente nos sentimos solidarios. Las raíces familiares se reflejan de una manera clara en nuestro nombre que es nuestra identidad social. El nombre propio indica nuestra identidad radical, nuestro yo, que es único en el mundo, pero a renglón seguido nuestros apellidos indican nuestro origen y nuestra procedencia: las raíces del yo. Antiguamente tenía mucha importancia la estirpe, el linaje, es decir, los antepasados que nos precedieron durante muchas generaciones. Hoy, en las sociedades modernas, esto ha variado e importan fundamentalmente las generaciones más cercanas: padres y abuelos.

 

Podemos descubrir la importancia de los orígenes, por contraste, en la compasión que suscita el huérfano que se caracteriza por carecer de algo esencial. El huérfano, evidentemente, puede desarrollar con plenitud su existencia pero siempre con un límite y con una carencia frente a la situación ideal: la presencia de los padres y del origen. Y los esfuerzos que algunas personas que desconocen a su padre o a su madre hacen para encontrarlos y localizarlos -aunque al final sólo puedan decir “ya sé quién es mi padre”- nos hablan igualmente de la importancia de las raíces.

 

La familia, generalmente, nos arraiga también no sólo a nivel personal sino territorial y cultural. A través de ella nos asentamos en un territorio y en una cultura determinada que será para siempre nuestra tierra o nuestro país. Por eso la familia es también, de algún modo, el lugar al que pertenecemos y al que siempre podemos volver[1].

 

b) El centro afectivo

Como nos recuerdan habitualmente y con razón las canciones y las películas lo más importante en la vida es querer y ser querido. Pero donde eso sucede de manera radical es en la familia. Por eso es sin duda el centro afectivo más importante de la persona.

 

En primer lugar es el ámbito en el que somos queridos de manera radical e incondicional. Se nos quiere por ser quienes somos, independientemente de la edad, condiciones, salud o cualidades y esto es algo que para toda persona resulta de un valor inapreciable. De hecho, aunque el hombre es ciertamente un ser único e irrepetible esto sólo se pone de manifiesto de modo existencial en el entorno familiar; especialmente en acontecimientos tan trascendentales como la vida y la muerte. “El nacimiento de un hombre es extraordinario e irrepetible y a la vez y de nuevo personal y comunitario. Pero más allá de esta dimensión, más allá de los confines de la familia, este hecho pierde ese carácter y se convierte en un dato estadístico, tema de objetivaciones de distinto género, hasta llegar al mero registro, que utiliza la estadística. La familia es el lugar en el que todo hombre se revela en su unicidad e irrepetibilidad[2].

 

Al mismo tiempo y simultáneamente, la familia es el lugar donde amamos de manera más decisiva, donde desarrollamos al máximo nuestra capacidad de amor, entrega y donación y donde están los seres que dan sentido a nuestra vida.

 

c) Familia y trabajo

La relación entre familia y trabajo también es muy profunda aunque en este aspecto se ha producido una fuerte evolución. En la denominada familia tradicional europea que estuvo vigente cuando predominaba una cultura rural llegaron a coincidir familia y trabajo profesional. Los artesanos, los pequeños comerciantes, los agricultores, etc. trabajaban en el lugar en el que vivían y enseñaban ellos mismos el oficio a sus hijos. Con el proceso social que trajo consigo la urbanización y la  industrialización esta relación se fracturó y se debilitó[3]. Aun así, todavía sigue existiendo una importante relación entre familia y trabajo.

           

Ante todo persiste lo que podríamos denominar “trabajo de construcción del hogar” que abarca todas las tareas necesarias para que el sistema-familia funcione adecuadamente. Este trabajo implica por un lado un conjunto de tareas más bien instrumentales: orden y decoración de la casa, alimentación, vestuario, etc. y, por otro, una serie de tareas más personales relacionadas con el cuidado y educación de los hijos y el adecuado mantenimiento de las relaciones de pareja. Este conjunto de actividades supone un trabajo muy importante y debe ser mucho más valorado por la sociedad de lo que lo es actualmente.

 

Por otra parte, y dejando de lado el hecho de que el número e importancia de las empresas familiares todavía sigue siendo consistente, no hay que olvidar la importancia que tiene la familia como motor del trabajo profesional. En muchas personas –independientemente de si tienen un aprecio genuino por su profesión- la necesidad de conseguir los medios económicos suficientes para que el sistema-familia funcione adecuadamente es a veces el impulso más fuerte para alcanzar determinadas metas o cotas de trabajo.

 

d) El lugar de la muerte

La familia, por último, es también en cierto sentido el “lugar” de la muerte, es decir, el espacio afectivo adecuado en el que todo hombre debe morir[4]. Si la familia es tan importante y si en la familia se encuentran las personas más importantes para el sujeto, resulta lógico que esas personas le acompañen en el momento más decisivo de la existencia, aquel en el que se parte para un más allá conocido quizá por la fe pero oscuro desde el punto de vista existencial (cfr. cap. 14. 2-3). En ese momento definitivo, que el hombre, de todos modos, atraviesa solo, es muy importante que la persona se encuentre rodeada de sus seres queridos para que le ayuden a pasar ese trance siempre amargo y le atiendan en esos momentos especialmente difíciles. Pero, además, el hombre debe estar rodeado por su familia porque lo que le rodea al morir es un signo de lo que ha sido su vida. Si encuentra soledad puede llevarse al otro lado una sensación de fracaso y desolación mientras que, por el contrario, si encuentra amor se verá rodeado de una sensación de plenitud. No siempre será posible que el hombre muera físicamente en su casa familiar, pero, afectivamente, siempre debe morir en familia, es decir rodeado y querido por los suyos.

 



[1] Cfr. R. Alvira, La familia, el lugar a donde se vuelve, Eunsa, Pamplona 1998.

[2] K. Wojtyla, La familia como “communio personarum”, en El don del amor. Escritos sobre la familia, Palabra, Madrid 2000, p. 228.

[3] La evolución de esta relación entre familia y trabajo se encuentra particularmente bien descrita en C. Hall, Dolce casa, en P. Ariès, G. Duby (eds.), La vita privata. IV. L’ottocento, Laterza, Roma-Bari 1988, pp. 55-61.

[4] Cfr. R. Buttiglione, La persona y la familia, Palabra, Madrid 2000, pp. 133-165.

Publicado el 26/5/2017 en ARTÍCULOS

         

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