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HÁBITO LECTOR

         

Hace unos años, cuando mis hijos eran pequeños, uno de los muchos días en que el ascensor se estropeaba y había que bajar por la escalera, tuve la suerte de encontrarme con una vecina con la que, como los niños eran pequeños y andaban despacio, y vivíamos en un sexto piso, tuve tiempo para hablar un rato.

Hace unos años, cuando mis hijos eran pequeños, uno de los muchos días en que el ascensor se estropeaba y había que bajar por la escalera, tuve la suerte de encontrarme con una vecina con la que, como los niños eran pequeños y andaban despacio, y vivíamos en un sexto piso, tuve tiempo para hablar un rato. Ella era mayor que yo y conmigo recordaba la época en que sus niños eran pequeños. En la conversación me preguntó si me dejaban dormir. Yo contesté que por la noche, sí. Que lo peor eran los días de fiesta en que se levantaban pronto y yo, aparte de madrugar con ellos tenía que preparar sus desayunos, recoger la casa, poner lavadoras… y procurar que se entretuvieran con algo. Mi vecina mayor me contó que ella lo había resuelto acostumbrándoles a leer según se levantaban, lo que no sólo consideraba mejor que abandonarles a una televisión cuyos contenidos eran a menudo sorprendentes, sino que había sido pieza clave para el rendimiento académico de sus hijos, pues leer facilita la capacidad de expresión, estructura la cabeza y fomenta la imaginación. Todo ello, por supuesto, si se seleccionan los libros tanto por su contenido como por su creatividad.

 

Cuando mis hijos tuvieron edad de leer decidí probar suerte con el consejo. Así que poco a poco les fui induciendo a leer según se levantaban. Cuando el primero cogió el hábito le fueron siguiendo los demás. Aunque no siempre fue tarea fácil, pues a veces tenían la tendencia a mirar las imágenes sin leer el texto, a no encontrar el libro que les gustaba y a querer leer el libro que estaban leyendo sus hermanos… Pero como ya se sabe que un niño siempre quiere lo que tiene el otro, poco a poco fui formando un grupo con hábito lector, hasta que se impuso la costumbre de que el día de fiesta sólo se levantaba de la cama antes que papá y mamá quien se iba al salón a leer en silencio.

 

De esta forma, yo conseguí un espacio de tranquilidad para desayunar, organizar el día y preparar el desayuno de los niños. Y ellos la ilusión por aprender a leer y hacerse mayores, que todo iba unido. A partir de ahí, fomenté los tiempos de lectura en detrimento de programas incontrolados de televisión.

 

 El hábito de lectura ya no falta. Ahora el siguiente reto es el hábito de levantarse y ayudar a mamá a preparar los desayunos… ¡Me tendré que encontrar de nuevo con mi vecina!

 

Publicado el 29/5/2017 en TESTIMONIOS

         

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