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EL TESORO DEL SONREIR. ERNESTO JULIÁ DÍAZ

         

¿Quién conoce el valor de una sonrisa? Muchos amigos me han comentado, y yo he tenido ocasión también de experimentarlo personalmente en no pocas ocasiones, un hecho muy sencillo. Andando entre las muchedumbres que pueblan grandes ciudades, como Roma, Moscú, Londres, Ámsterdam, etc., llama a veces la atención el número tan elevado de caras serias con que nos cruzamos. En Sevilla, y como ciudad no cede en importancia a las mencionadas, el panorama es algo diferente. Pero los sevillanos se habían

¿Quién conoce el valor de una sonrisa? Muchos amigos me han comentado, y yo he tenido ocasión también de experimentarlo personalmente en no pocas ocasiones, un hecho muy sencillo. Andando entre las muchedumbres que pueblan grandes ciudades, como Roma, Moscú, Londres, Ámsterdam, etc., llama a veces la atención el número tan elevado de caras serias con que nos cruzamos. En Sevilla, y como ciudad no cede en importancia a las mencionadas, el panorama es algo diferente. Pero los sevillanos se habían dado cuenta de cómo cambia el ambiente, incluso sin salir de la península, al ir a Madrid o a Barcelona, por ejemplo.

 

            Quizá sus habitantes, hombres y mujeres, quieren aprovechar los minutos de autobús, de metro, de calle, para concentrarse en algún asunto que han de solucionar, o sufren la “angustia” de tener que llegar a tiempo a la oficina, a la universidad, al trabajo. Van tan concentrados, que consiguen aislarse de los demás, y sólo si chocan con alguien vuelven a la realidad y esbozan un a modo de gesto –que no llega a ser una sonrisa- pidiendo disculpas.

 

            ¿Qué se esconde en el espíritu de tantos hombres y de tantas mujeres con caras largas, serias? Me parece que no es siempre la tristeza, o el dolor, sentimientos que esperan comprensión y compañía, y que se viven en un silencio que está exigiendo la presencia de Dios, porque sin El pueden llegar a ser insoportables. A veces, quizá se trata de una aptitud mucho más superficial, y que algunos viven casi como una obligación en la sociedad en que vivimos. O, incluso, como un gesto de educación refinada, que considera de poca categoría manifestar sentimientos. Otras veces, en cambio y sencillamente, caminamos serios y frunciendo el ceño, porque no prestamos demasiada atención a como vamos por la calle, pensando quizá que a los demás les traemos sin cuidado. Y eso no es cierto.

 

            Todos sabemos que la vida nos depara momentos en los que el sonreír no es fácil; incluso, en ocasiones, puede hacerse demasiado cuesta arriba. Unas veces, porque suponemos que esbozar una sonrisa es señal de debilidad, y nuestro orgullo nos impide hacerlo; otras, porque consideramos que la posición normal de una persona de nuestra “categoría” es la de estar serio. Nos olvidamos de lo que recomienda la Escritura: “El varón sabio se sonreirá”. Sabemos lo que cuesta sonreír, pero quizá no apreciamos lo muy agradecido que se quedan quienes reciben nuestra sonrisa: señal cierta de que nosotros no estamos indiferentes ante sus cuitas. Josemaría Escrivá, hombre que sabía sonreír con afabilidad, hasta con ternura, recomendaba siempre estar atentos para que nadie a nuestro alrededor sintiera “la amargura de la indiferencia”. Sin duda, en no pocas ocasiones, sonreír es la mayor obra de caridad, y la mejor conversación que podamos dar a un amigo.

 

            Alguna vez he revivido esa escena tan de familia, sencilla y natural que Gonzalo Bilbao recogió en el cuadro de “Las Cigarreras”. No me refiero al conjunto del lienzo, ni a la nave llena de sol de la antigua fábrica de tabacos. Me quedo en la sonrisa de las dos mujeres que acompañan a la madre, y con su gesto viven en cierto modo su propia maternidad, mientras ella acuna a la criatura. La sonrisa de las amigas no disturba la intimidad entre madre e hijo; la defiende y se goza en la realidad contemplada.

 

            Sabemos compartir las penas y los dolores, y es algo ciertamente digno de encomio; dejamos sin embargo muchas veces solo a quien quiere comunicarnos una alegría. La sonrisa vuelve a colocar a cada hombre en relación con los demás; rompe la soledad, la indiferencia. Me atrevo a pensar que si Kafka hubiera visto sonreír a su alrededor, nunca habría escrito la “Metamorfosis”.

 

            Quien haya estado en Reims, antes de entrar en la catedral se habrá parado un momento a contemplar “El Ángel que sonríe”, sin llegar a descubrir del todo el esplendor y la razón de esa cara que quiere transmitir felicidad; y los ángeles tienen mucha alegría que comunicar. Tantas fotografías no han conseguido arrancar la sonrisa de los labios de la “Gioconda”; y no en cierran ningún misterio: sencillamente muestran afabilidad. La sonrisa del Profeta Daniel en el Pórtico de la Gloría, en la Catedral de Santiago de Compostela, es como un amanecer sereno de felicidad.

 

            Dar una sonrisa, aceptar una sonrisa. Son quizá las mejores señales de una amistad verdadera, que sabe de confianza, de libertad. La sonrisa rompe cualquier incomunicación, establece las bases de un diálogo sereno, deshace esos nudos en la garganta que, en ocasiones, atenazan el espíritu e impiden que encuentre un cauce ancho por donde correr. La sonrisa de un amigo devuelve la vida, rompe la tristeza, y nos ayuda a caminar tantos días en los que nos encontramos, con palabras de un escritor italiano, “más cansados que vivos”.

 

 

 

JULIÁ DÍAZ, E., “El Tesoro del Sonreír” en JULIÁ DÍAZ, E., Un Anhelo de Vida, Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1994, pp. 119-121

Publicado el 26/5/2017 en ARTÍCULOS

         

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