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EL CUARTO DE LOS JUGUETES. ERNESTO JULIÁ DÍAZ

         

Hace ya algún tiempo he parado la atención en una noticia que quizá ha pasado prácticamente inadvertida a la mayoría de los lectores: el crecimiento de la industria española de juguetes ha comenzado a estabilizarse e, incluso, empieza ya a dar síntomas de decaimiento después del desarrollo de los últimos años.

Hace ya algún tiempo he parado la atención en una noticia que quizá ha pasado prácticamente inadvertida a la mayoría de los lectores: el crecimiento de la industria española de juguetes ha comenzado a estabilizarse e, incluso, empieza ya a dar síntomas de decaimiento después del desarrollo de los últimos años.

 

Como todo suceso que afecte a la pérdida de puestos de trabajo, y la consiguiente incorporación al paro de un cierto número de personas, me apenó el anuncio de la crisis. No estamos en tiempos tan prósperos como para permitirnos cerrar empresas, y reducir sociedades que eleven de alguna manera el "producto nacional bruto", por hablar en términos económicos.

 

Inmediatamente después de esta reflexión, me pregunté acerca del "porqué", de ese descenso. Intuía que debía haber alguna otra razón que se añadiera a la de los bajos índices de natalidad que nuestro país está coleccionando desde hace un buen número de años.

 

Mi curiosidad estaba alimentada, además, por una llamada telefónica de un amigo, recibida unos días atrás, que me consultaba sobre el posible destino de un cuarto lleno de juguetes que su hijo -único, por una de esas incompatibilidades médicas entre los esposos-, ya no necesitaba. Para tener una idea más clara y poder darles una sugerencia, les hice una visita y quedé algo impresionado al ver la amalgama de osos peludos, trenes eléctricos, figuras de héroes del momento, pistolas, carros de combate, bicicletas, coches y aviones teledirigidos, etc., desparramados aquí y allá, y muchos de ellos apenas usados. El niño tenía recién cumplidos los seis años.

 

¿Cómo era posible que la industria de juguetes comenzase a decaer, si todos los padres obsequiaban a sus hijos con semejantes cantidad y variedad de objetos de entretenimiento?

 

Los juguetes suelen ser una manifestación de cariño y de afecto; yo, al menos, he acogido así los que he recibido en mis años infantiles. Con un objeto se pueden decir muchas cosas, y se consigue que el niño se sienta acompañado de alguna manera, cuando mira a su alrededor y no encuentra ningún otro ser humano dentro de su horizonte visual. A1 menos, puede descargar su genio dándole una patada al perro de trapo que le ha llegado de uno de sus tíos. Pero hay un inconveniente, el perro no reacciona, y al fin de cuentas la criatura descubre que continúa en su soledad, y se aburre, rodeado de objetos inanimados.

 

No sé como lo averigua, pero estoy convencido de que se encuentra mucho mejor dialogando con personas vivas, aunque entre sí se peguen de vez en cuando. Yo he tenido la experiencia -verdaderamente enriquecedora- de convivir con siete hermanos, y la verdad es que era difícil aburrirse, aunque los pasillos de la casa no estaban invadidos de animales de lana, ni de otro tipo de juguetes: apenas dos bicicletas necesitadas siempre de reparación.

 

Los niños, junto a las muchas alegrías que traen consigo, originan ciertamente algunos problemas: lloran, hacen todos los ruidos imaginables, se enrabietan cuando menos se espera, interrumpen, ríen y se entristecen sin saber por qué, etc. Es lógico que sea así; y continuará del mismo modo hasta el fin del mundo. Es el único camino para abrirse paso en la vida, para iniciar un diálogo con todo lo que le rodea y llegar a convivir un día con sus mayores. También ellos gozan de la maravillosa facultad de preguntarse sobre el porqué de las cosas, aunque no siempre acierten en la formulación precisa de las cuestiones.

 

Además, preguntan de todo y sobre todo sin turbarse. Todavía recuerdo la sorpresa de una madre ante la reacción de uno de sus hijos, a quien acompañaba a la primera confesión, preparándolo para la Primera Comunión. Volviendo a casa, la criatura preguntó sin pensarlo dos veces: "Mamá, y tú ¿cuándo confiesas tus pecados?" La mamá no encontró otra solución que la de comprarle un helado, a ver si conseguía que se olvidará de la cuestión.

 

Los niños son un continuo reto para sus padres. Un reto que los mantiene vivos, despierta su interés y da sentido a sus quehaceres, además de empujarles a superar inconvenientes, dificultades, incomprensiones, etc. Un reto que exige una actitud abierta y atenta para dirigir el crecimiento. Por esta razón, cuando papá y mamá se las ven y desean para enfrentarse con la ardua tarea de educar, pueden tener la debilidad de darse por vencidos y escoger el camino fácil de limitarse a "entretener" a las criaturas. Pero el niño no necesita que se le entretenga -para eso tiene él infinidad de recursos, y se basta solo-; lo que echa en falta es que no se le eduque, que no se le ayude a encontrar un camino por donde andar.

 

Fue muy penoso el caso de aquel matrimonio que daba una buena ración de alcohol a su hija pequeña de año y medio, para que se durmiera y ellos pudieran salir de noche con sus amigos. Los juguetes, ciertamente, no son el alcohol; pero quizá han servido en un buen número de ocasiones para que el niño no protestara, y quitárselos así, por un tiempo, de en medio.

 

Han comenzado ya los padres a darse cuenta de que los hijos, únicos o únicas, acaban hastiados de los juguetes, y que lo que están deseando es darle en la nariz a un hermano más pequeño, palparle la cabeza para comprobar cuándo acaba de endurecérsele toda la corteza cerebral, limpiarle los mocos, sacarlo de vez en cuando a paseo. En definitiva, los hijos son también la mejor ayuda para los padres, en la ardua misión de educar.

 

Si esta es la razón; quizá la crisis de la industria de juguetes no es una gran catástrofe, y se recuperará pronto, porque el juguete gozará de nuevo de su sentido de gesto de afecto y, si hay más niños, aumentarán también las ventas.

 

 

JULIÁ DÍAZ, E.. “El cuarto de los juguetes”, en JULIÁ DÍAZ, E., El renacer de cada día, Córdoba, Ediciones Caja Sur, 1996, pp. 191-193

Publicado el 26/5/2017 en ARTÍCULOS

         

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