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EDUCACIÓN Y TRASCENDENCIA. RAFAEL BURGOS VELASCO

         

Qué diferentes son el punto de vista de una hormiga y el de una paloma. La hormiga arrastrándose por el suelo, la paloma volando. Qué diferentes son los puntos de vista de un león y de un pez payaso... Y así hasta miles de especies animales. Podemos imaginarlas una por una. El planeta Tierra es un mundo de mundos, complejísimo.

Qué diferentes son el punto de vista de una hormiga y el de una paloma. La hormiga arrastrándose por el suelo, la paloma volando. Qué diferentes son los puntos de vista de un león y de un pez payaso... Y así hasta miles de especies animales. Podemos imaginarlas una por una. El planeta Tierra es un mundo de mundos, complejísimo.

Qué diferente a todos los mundos animales, el punto de vista de la libertad humana. Mientras que ningún animal puede salir de sus instintos, el hombre puede recorrer todos los mundos animales... y crear otros mundos nuevos.

Los animales, según su especie, tienen sensibilidad, conocimiento, memoria, lenguaje... Pero ninguno tiene libertad. Ninguno puede salir de su condición. Ni a ninguno se le ocurre que pueda hacerlo. El hombre, en cambio, no queda sujeto a sí mismo. Se hace a sí mismo. Mediante la libertad crea lo artificial, que trasciende la naturaleza en cultura (costumbres, ciencia, arte...). Y por comparación y crítica trasciende las culturas humanas. ¿Hasta dónde? ¿Hacia dónde?

La libertad no es omnipotencia de un ser ilimitado, sino apertura de un ser limitado. Esta apertura lo es al conocimiento del bien y del mal.

En primer lugar al conocimiento del bien.

Apreciamos así la belleza ordenada al hombre del universo en que vivimos: No es que el hombre sea la medida de todas las cosas, pues cada una tiene su medida, su perfección propia. Pero el hombre es el único ser en la tierra que puede disfrutarlas todas, pues todo le es proporcional. Desde la medida de la hierba o los árboles hasta la ley de la gravedad o el hecho mismo de que el sol se ponga justo el tiempo que necesitamos para dormir.

Apreciamos la belleza del alma humana, capaz de tantas cosas buenas y como resumen de todas ellas, de la donación de sí en amor.

Y, por elevación del bien, apreciamos a Dios, Bien por razón de Bien; Causa actual (no sólo originaria en el tiempo; el fundamento funda aquí y ahora) de todos los bienes; Causa metafísica (no mera causa científica intratemporal) proporcionada al orden y a la libertad que hay en él mundo creado.

En segundo lugar, somos capaces también del conocimiento del mal.

Mal que es consecuencia de la limitación de la Naturaleza.. Lo que es lógico, pues Perfecto en sentido pleno no lo es nuestro mundo, sino sólo Dios. Y este mundo es solo medio necesario para alcanzar a Dios.

Mal que es consecuencia, otras veces, las más lacerantes, del mal ejercicio de la libertad humana. ¿Porqué Dios quiere la libertad del hombre? Porque sólo la libertad infinita permite al hombre finito abrirse a Dios.

Pero también desde este conocimiento del mal, desde esta carencia de bien se alcanza a Dios, que es añoranza del bien que es connatural a nuestra alma.

Y es que, como dijo san Agustín, nuestra alma está hecha para Dios y no descansa hasta que descansa en él.

Trascendemos la naturaleza en la cultura y la cultura en la religión. Por eso, no se puede vivir en justicia si no se da a Dios el culto debido.

Esta apertura del alma se debe reflejar en la educación de los hijos.

Todo ello a diferencia de lo que sucede con los animales, que embebidos cada uno en su punto de vista no son aptos para ser educados, sino tan solo de adquirir determinados aprendizajes predeterminados por los instintos de su propia especie.

Publicado el 26/5/2017 en ARTÍCULOS

         

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