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DESAYUNAR CON MI HIJO

         

Al casarme, conciliar mi vida conyugal y laboral no me supuso ninguna dificultad. Mi marido y yo teníamos horarios parecidos y compartíamos (él a su modo, claro) las tareas domésticas.

Al casarme, conciliar mi vida conyugal y laboral no me supuso ninguna dificultad. Mi marido y yo teníamos horarios parecidos y compartíamos (él a su modo, claro) las tareas domésticas. Cuando nació nuestro primer hijo, la conciliación de la vida profesional y familiar se complicó un poco, como es obvio, pero como teníamos jornada partida lo veíamos a la hora de comer y si se acostaba tarde por tenerlo a nuestro lado mientras cenábamos, pues por la mañana dormía más…y así fuimos solventando la situación de un modo aceptable.

 

El problema llegó cuando el niño inició su escolaridad a los tres años. Por intentar estar con él, yo salía de casa temprano, antes de que él se levantase, con el propósito de volver pronto y estar con él por la tarde. Pero era raro el día en que podía hacerlo pues la última hora del día era siempre la de las reuniones de trabajo a las que no se podía faltar. Con ello, habitualmente llegaba a casa cuando el niño ya estaba acostado para levantarse a la hora de ir al colegio al día siguiente. Y me convertí sin quererlo y sin saberlo en una madre de fin de semana. A mi marido le pasaba poco más o menos lo mismo.

 

Sin duda, ganábamos dinero. Pero el niño estaba durante toda la semana con gente contratada, unos mejores y otros menos, pero en cualquier caso sin su padre ni su madre.

 

Así las cosas, a mediados del curso escolar nos llamó la tutora del niño para darnos cuenta de su comportamiento descentrado: lloraba, no quería trabajar, rompía las cosas, se pegaba con sus compañeros… La verdad es que todo ello no nos extrañó nada pues ya habíamos tenido en casa nuestros pequeños episodios de fin de semana (no de diario porque, ¿para qué decir otra cosa? a diario no le veíamos ninguno de los dos).

 

Su hermano, con tan sólo dieciocho meses, era un bebé tranquilo y apacible, como él lo había sido a esa edad. Dedujimos sin mucha dificultad que el comportamiento del niño era consecuencia de que su escolarización había supuesto un total desarraigo familiar.

 

No nos quedaba otra opción que dedicarle tiempo a nuestro hijo. Y mi marido y yo decidimos de común acuerdo que él se dedicara con total entrega a su trabajo, para mantener la estabilidad económica de la familia, mientras que yo pediría la media jornada laboral.

 

Como era de suponer, la solicitud no fue bien acogida en la dirección de la empresa a quien no le resultan rentables los trabajadores con menor dedicación. Pero más dura que la posición empresarial fue la minusvaloración que recibí de mis compañeros, que se convirtió en una retahíla de condescendientes confianzas: te has vuelto una madraza…, qué tal está tu niño…

 

Con ello a cuestas, yo obtuve mi reducción de jornada. Y ya me levantaba poco antes que mi hijo, lo despertaba haciéndole reír y desayunábamos juntos inventando la ilusión que nos depararía ese día. Porque cada día es una aventura para un niño. Luego le ayudaba a vestirse mientras rezábamos juntos. Y nos íbamos tranquilos, de la mano, al colegio. Sin prisas, sin sentimientos de culpa. Nos parábamos a hablar con sus amigos, entraba en su clase, veíamos los adornos de las ventanas… Entonces me pregunta, sin creérselo, si iba a ir a buscarle por la tarde. Y con esa promesa y un beso me iba a cumplir con mi jornada reducida en la empresa.

 

No me echaron de la empresa, pero quedé reducida a una actividad secundaria, muy inferior a la que tenía antes. Sin embargo, yo me esforcé en hacer mi trabajo, rindiendo al máximo. Y me esforcé también en poner al mal tiempo buena cara, sonriendo ante los comentarios de mis competitivos compañeros. Aunque todo ello me costó  tomar antidepresivos.

 

¿Qué sucedió? Que mi hijo volvió a ser un niño tranquilo, apacible, alegre, centrado. ¿Y en la empresa? Que poco a poco fui recuperando posiciones. A fin de cuentas, yo llevaba tiempo en la vida laboral y sabía como desenvolverme en ella. Mi trabajo era útil y  mis condiciones fueron siendo no sé si aceptadas,  pero al menos asumidas. Ya sé que por este camino no llegaré nunca a ser jefe de departamento y menos aún a pertenecer al consejo de administración. Pero a fin de cuentas, la empresa es de los accionistas, que no mía. Y mi hijo sólo es mío y de mi marido. ¿De qué me sirve ascender en la vida profesional si es a costa de mi satisfacción personal? La vida es muy larga. Tiempo habrá en que podré dedicarme con más ímpetu a ganar dinero y prestigio socio-laboral.

 

Publicado el 18/5/2017 en TESTIMONIOS

         

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